30.9.19

A. Pérez

Exactamente veintisiete mil doscientas treinta y dos líneas de código le llevó escribir la rutina. Bastante menos le llevó cambiar las persianas para que pudieran ajustarse al extravagante mecanismo de la pared. Las magulladuras en las manos por su poca habilidad con las nuevas herramientas que compró para la ocasión no tardaron en curar.

En total, aproximadamente dos meses de no ver la luz, en un sentido casi literal la mayor parte del tiempo. Y no solo por estar pegado al monitor de su portátil durante horas interminables leyendo pantallas y pantallas de líneas pulcramente indentadas escritas en C++. Una vez compilado el código, enlazado contra la librería de control del chip, y ejecutado en el sistema que había construido desde cero a propósito, el pequeño pero potente motor sería capaz de subir y bajar las persianas de su habitación con solo dar palmas: tres palmadas para abrir, cuatro seguidas para cerrar.

Solo quedaba probarlo. Dio tres palmadas, y se hizo la luz. Dio cuatro palmadas, y la oscuridad volvió. Sonrió para sus adentros.

Desde ese momento, por fin podría ahorrarse la pereza que le daba tener que estirar el brazo para bajarlas cada vez que le molestaba el sol.

Este microrrelato participa en la iniciativa Divagacionistas.

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