15.8.25

Realidad espumosa

Por enésima vez, alguien llamaba «loro estocástico» a las IA generativas, con un toque de desdén. Irónicamente, lo hacía actuando como los loros estocásticos que no dejamos de ser, dado que nuestros pensamientos y aprendizaje vienen regidos por estructuras deterministas que provocan que elijamos las mismas respuestas preferentes ante los mismos estímulos, tanto más cuanto más se hayan reforzado. ¿O, acaso, si hubiera perdido a mi querido Mistetas, no me responderíais prácticamente lo mismo si os preguntara si lo habéis visto?

Cualquiera puede encontrar hoy en día vídeos de afectados por contusiones craneoencefálicas graves que han causado amnesia a corto plazo en el paciente. Verlos repetir exactamente una y otra vez las mismas preguntas, los mismos comentarios, deja entrever que nuestros procesadores biológicos son muchísimo menos «creativos» de lo que queremos creer. ¿Realmente tenemos tal cosa como libre albedrío? ¿Existe en sí mismo, conociendo las leyes deterministas de la Naturaleza que conocemos?

Como primer acercamiento, uno pensaría en la Teoría del Caos, en comportamientos difíciles de predecir cuando intervienen variables que se retroalimentan, sobre todo cuando lo hacen en grandes números, como con la meteorología. Pero caótico no significa azaroso; una máquina ideal que consiguiera computar con precisión infinita los inabarcables (pero no infinitos) estados concretos del sistema en cada momento, podría en principio predecir con total exactitud el estado final de ese sistema en un momento dado. ¿Está, pues, todo escrito?

Aquí es donde entra la física cuántica. Aunque precisamente sus matemáticas son las que nos ayudan a concretar los estados de las partículas subatómicas en un momento dado, lo hacen hablando fundamentalmente de amplitudes de probabilidad. Si hacemos zoom y más zoom en la realidad, llega un punto donde sí aparece un azar puro (al menos, hasta donde ahora sabemos), donde la propia base de la realidad es una espuma cuántica en la que ebullen constantemente partículas virtuales que interaccionan aleatoriamente con la realidad.

Pero ya sabíais que iba a contaros todo esto. Lo hago siempre que tengo ocasión. A fin de cuentas, a esta escala, sigo siendo un loro estocástico.



Este microrrelato se me quedó en el tintero para Divagacionistas, así que aprovecho para rescatarlo con la excusa de Café Hypatia.

15.7.25

Ceroverso

La primera estrella empezaba a mostrar un fulgor tenue, iluminando de gris azulado su horizonte de partículas de hidrógeno. A un Universo de distancia hacia cualquier lado, solo existía eso: nubes de hidrógeno, sazonado de ocasionales átomos de helio, acaso con algún átomo de litio extraviado. Ningún planeta al que iluminar, ninguna otra estrella a la que parecerse. Solo, y durante cantidades absurdas de tiempo, ella dando luz a la nada.

Decenas de miles de millones de años después, y durante un breve tiempo, el último po'ouli cantaba a pleno pulmón sus preciosos reclamos, intentando atraer a una pareja que ya no existía y sin entender que nunca iba a llegar.

Cientos de miles de millones de años después, el corazón de la última estrella terminaba de mostrar un fulgor tenue, iluminando de gris azulado su horizonte de cenizas. A un Universo de distancia hacia cualquier lado, solo existía eso: cenizas moleculares, demasiado frías y separadas como para agregarse en algo donde la vida pudiera arraigar. Ya nunca la volvería a haber. Ningún planeta al que iluminar, ninguna otra estrella a la que parecerse. Solo, y durante cantidades absurdas de tiempo, ella subsistiría, dando luz a la nada.

Billones de años después, el último de los agujeros negros también terminaría desvaneciéndose en la oscuridad, sin nada que alimentara su núcleo, sin nada más a su alrededor.

Al final, solo quedó el Universo siendo de nuevo una vacía nada eterna.


Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.