20.2.17

Como un tren.


La vi en cuanto subí al vagón. Había un asiento libre a su lado, así que me lancé a por él. Lo que pasó a continuación os sorprenderá. Veréis, ella estaba como un tren... Ahora que lo digo, disculpad que interrumpa la historia aquí, es esa expresión. ¿A quién demonios se le ocurrió? Algún día se lo tendré que preguntar a Alfred, que ese tío lo sabe todo. Pero en serio, ¿un tren? ¿Habéis visto un tren? Una lata gigante, llena de cagadas de pájaro por encima, con las ventanas usualmente sucias de lluvias resecas y polvo, apestando a sudor de gente, o a sus pies cuando se quitan el calzado en viajes largos... o a vómitos, a veces. Lo digo con conocimiento de causa, que yo me mareaba muchísimo de pequeño. Aún recuerdo mi primer viaje, en algo que en mi memoria parecía más bien un tablón largo techado, con asientos como robados de un parque clavados de cualquier manera y algunas barras de hierro conectando el techo y el suelo aquí y allá. Recuerdo bien ese suelo, lleno de manchurrones y con algún chicle pegado en él y colillas aplastadas, porque me pasé gran parte del trayecto mirándolo mientras vomit... ah, sí, a eso venía. Que huele mal. Y es incómodo. Muchas veces están pintarrajeados por fuera de cualquier manera, y oxidados. Y encima, a menudo se retrasan. ¿Quién demonios tuvo la brillante idea de suponer que algo así podría considerarse de alguna manera un piropo? Bueno, a lo que iba: La vi en cuanto subí al vagón. Había un asiento libre a su lado, así que me lancé a por él. Lo que pasó a continuación os sorprenderá. Veréis, ella estaba como un tren...

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

23.1.17

Nunca y siempre


La Nada. Una expansión acelerada y diez mil millones de años de nadie. Luego, una roca perdida en un sistema perdido de una galaxia cualquiera que empieza a generar moho. Cuatro mil millones de años más de nadie, en sentido humano. Después aparecen varios álguienes, a toda velocidad. Desaparecen a la misma velocidad, para siempre. Cada vez son más como nosotros, pero todavía no. Cada vez podrían ser más tú y yo, pero todavía no.

En un chispazo que a estas magnitudes está casi en la escala de Plank, ahora sí, surges tú, y surjo yo. Y en un intervalo imposiblemente menor, entro en tu radio de Schwarzschild, atravieso el horizonte de sucesos de tus ojos y me despeño por el doble agujero negro de tus pupilas. Atrapado para siempre durante la caída, fuera de allí el Universo seguirá infinitamente sin nosotros. Primero sin álguienes, luego también sin nadies. Tal vez hasta una muerte térmica eterna, puede que hasta la destrucción misma de su tejido espaciotemporal, de vuelta a la Nada, en perfecta clausura.

Entre los abismos de siempres en los que no hemos existido, sin embargo, yo continuaré cayendo sin final en ese nunca en el que nos cruzamos.


Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.