20.3.17

Falsos amigos


Como en inglés, "deception", que significa "engaño", atesorando el significado original de la palabra latina que ya no quería decir exactamente lo mismo en castellano. Aunque, pensó, un poco sí: no había decepción sin un poco de engaño, o de autoengaño, sin un potencial de disonancia entre las expectativas y la realidad.

Y la realidad es que no sabía en qué momento se le había ocurrido la genial idea de que la joven cuyo agradable rostro salía ahora por televisión pudiera acabar de ninguna manera enamorado de él. Sabía, eso sí, que lo iba a intentar con todo lo que tuviera a su alcance; halagos, mimos, regalos, cocinar para ella, cuidarla a cuerpo de reina... ¿o quizá justo lo contrario, haciéndose el difícil para despertar su interés? No lo sabía, pero al menos era consciente de que el proceso llevaría tiempo. Mucho tiempo.

Hasta el momento, ella solo le había mostrado desinterés o, incluso, un punto de disgusto y aún de franca aversión. Él, lejos de amedrentarse, lo tomaría como un reto. «Torres más altas han caído», se decía a sí mismo, a veces sollozando por la noche, abrazado a una almohada.

Iba a requerir de mucho tiempo. Mientras tanto, y hasta que consiguiera su corazón, la seguiría reteniendo en el sótano.

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

20.2.17

Como un tren.


La vi en cuanto subí al vagón. Había un asiento libre a su lado, así que me lancé a por él. Lo que pasó a continuación os sorprenderá. Veréis, ella estaba como un tren... Ahora que lo digo, disculpad que interrumpa la historia aquí, es esa expresión. ¿A quién demonios se le ocurrió? Algún día se lo tendré que preguntar a Alfred, que ese tío lo sabe todo. Pero en serio, ¿un tren? ¿Habéis visto un tren? Una lata gigante, llena de cagadas de pájaro por encima, con las ventanas usualmente sucias de lluvias resecas y polvo, apestando a sudor de gente, o a sus pies cuando se quitan el calzado en viajes largos... o a vómitos, a veces. Lo digo con conocimiento de causa, que yo me mareaba muchísimo de pequeño. Aún recuerdo mi primer viaje, en algo que en mi memoria parecía más bien un tablón largo techado, con asientos como robados de un parque clavados de cualquier manera y algunas barras de hierro conectando el techo y el suelo aquí y allá. Recuerdo bien ese suelo, lleno de manchurrones y con algún chicle pegado en él y colillas aplastadas, porque me pasé gran parte del trayecto mirándolo mientras vomit... ah, sí, a eso venía. Que huele mal. Y es incómodo. Muchas veces están pintarrajeados por fuera de cualquier manera, y oxidados. Y encima, a menudo se retrasan. ¿Quién demonios tuvo la brillante idea de suponer que algo así podría considerarse de alguna manera un piropo? Bueno, a lo que iba: La vi en cuanto subí al vagón. Había un asiento libre a su lado, así que me lancé a por él. Lo que pasó a continuación os sorprenderá. Veréis, ella estaba como un tren...

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.