20.11.17

Borrando huellas.

La primera máquina del tiempo había resultado un éxito. El inversor de simetría CPT, cariñosamente apodado "condensador de fluzo" por el científico que lo descubrió, el archiconocido Frank R. Bulltown, estaba por fin arreglado. Las averías se habían subsanado tras dos años de arduas investigaciones en el complejo, repasando el software línea a línea y el hardware pieza a pieza para dar con la causa de las interferencias: algún gracioso había raspado la superficie de uno de los magnetrones auxiliares con un "C. was here". El sistema, que necesitaba ser tan preciso como para compensar dinámicamente las influencias de los gravitrones durante el proceso, no alcanzaba la tolerancia necesaria por la pérdida de materia producida por el raspado.

Pero ahora todo estaba bien. Ante el fascinante portal abierto, en el que ya se podía deducir al otro lado lo que en los libros de texto clásicos representaban como una cocina típica de finales del siglo XX, se apostaba la elegante primera tiemponauta que abanderaría a la Humanidad del futuro. Todo debía salir a la perfección, dado que para abrir el portal se necesitaban los recursos energéticos almacenados en todo el planeta durante diez años. El fracaso no era una opción.

Apretó la botella contra su pecho y expelió todo el aire automáticamente, como había terminado interiorizando durante las muchas jornadas de entrenamiento especial, a pesar de que nadie sabía realmente si era algo necesario o solo superstición. Tanto daba ya. Cerró los ojos instintivamente en el momento en el que chocarían con la frontera virtual que separaba ambas líneas temporales, para abrirlos en una casa muy similar a la de los documentales arqueológicos.

Una niña de unos cinco años miraba con fascinación la figura casi luminosa, enfundada en tonos plateados, que acababa de aparecer frente a ella. Esa figura le preguntó:
–Rápido. ¿En qué año estamos?

La niña respondió llamando a gritos a su madre. La tiemponauta calibró rápidamente las primeras palabras que debía cruzar con un ser adulto, tal y como había repasado una y otra vez en las clases. La madre de la niña entró en la cocina mientras murmuraba algo sobre su hija. Se quedó plantada al ver a la intrusa en la cocina. La tiemponauta cogió aire, extendió la botella y lanzó su mensaje:
–Hola. Vengo del futuro para traerle esta lejía. No deja ni huella.

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

16.10.17

Selenitas de postín

Oscura. Aislada. Envuelta por una capa de nada a unas décimas sobre el cero absoluto. Infernal cuando el sol le dirige la mirada. Cubierta por un manto de polvo fino de consistencia similar a ceniza creado a fuerza de incontables fracturas por la tensión estructural debida a infinitas contracciones y dilataciones. Completamente asfixiante, sin aire alguno. Yerma. Desolada por cráteres de impacto. Difícil de alcanzar. Y de poca utilidad intentarlo.

La vieja luna ha sido durante eones muda testigo de innumerables apareamientos, desoves y nacimientos de todo tipo de especies en las cambiantes líneas de costa. Incluso, no pocas veces, estos escarceos se perpetraron con la excusa de su potente reflejo nocturno, conjugado a menudo con los flujos y reflujos de marea que causa. Esa noche, como también tantas otras, ese influjo quedará a merced de otros elementos tremendamente más pequeños y terriblemente más poderosos.

En el paseo nocturno a la orilla del mar, él, poeta aficionado, con sus ojos haciendo chirivitas y su boca anhelante de besos, la acaba de comparar con la luna. Ella, astrónoma aficionada, con sus ojos resecos por la salmuera y tratando de deshacerse de algunos molestos granos de arena de la boca, acaba de decidir que él no es la persona adecuada.

Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.