3.4.08

La mía bien hecha, gracias (A veces pasan cosas)

Voy a proponer un pequeño ejercicio de imaginación. Viajemos por un momento a una realidad alternativa donde la receta de la tortilla de patatas es un alto secreto en posesión de una privilegiada compañía alimenticia. En este mundo, el común de los mortales desconoce cómo se prepara una tortilla de patatas. Es más: cuando piden una en un restaurante de lujo (únicos lugares donde se permite su venta), lo único que los afortunados comensales pueden extrapolar de la tortilla se basa en lo que sus sentidos pudieran inferir de ella.

Pero de poco les valen dichos sentidos a la gente de este mundo, ya que otra de sus extrañas características radica en su acusado atrofio: son casi ciegos, y apenas pueden reconocer sustancias basándose en su aroma o sabor. Excepto por un reducido grupo de gente experta con algunas habilidades adicionales (jefes de cocina, prestigiosos catadores y personalidades homólogas a nuestro Ferrán Adriá), la mayor parte de la gente sólo puede decidir si le ha gustado o no.

Por si fuera poco, sólo existen dos variedades de tortilla de patata en este mundo imaginario: con cebolla o sin cebolla. Todas las demás variables que en nuestro mundo sí reconocemos (por ejemplo, el número y cantidad de los ingredientes, el tiempo de preparación, el uso de especias, o la presentación en plato) no existen para ellos; la empresa que ostenta la fórmula secreta no tiene ni la necesidad, ni el interés, ni quizá la creatividad necesaria para variar su composición.

De hecho, sólo muy de vez en cuando, la empresa decide cambiar sutilmente algún aspecto de esta receta, y suele hacerlo deprisa y corriendo para cumplir con los tiempos de producción que los departamentos económicos les imponen. Es de todos conocido en nuestro mundo imaginario que algunas remesas de tortillas provocaron epidemias por usar ingredientes en mal estado. En el mejor de los casos, el mayor problema del consumidor era que el camarero tardaba (por alguna razón inexplicable) más de hora y media en traerle la tortilla que había pedido y la tortilla estaba cruda. Por lo general, “sólo” tardaba tres cuartos de hora y se servía casi carbonizada.

En ocasiones, en la prensa de este mundo paralelo aparecen noticias referentes a altas personalidades que han visto truncadas sus carreras por indisposiciones (supuestamente) provocadas por el consumo de tortillas adulteradas por cocineros de grupos opositores. Incluso hubo un caso de asesinato provocado por una tortilla rellena de cianuro. El infeliz comensal nunca llegó a notar nada distinto en el aspecto general de su tortilla.

Al contrario de lo que pudiera parecer, aunque el conocimiento de la creación de una tortilla de patatas esté en manos de una minoría, la gente de ese mundo ha terminado de alguna forma necesitando consumirla en algún momento de su vida. Incluso hay gente en ese mundo cuya vida cotidiana -y hasta su realidad social- depende a menudo del ciclo de vida de las tortillas de patatas, sin saberlo.

Por supuesto, mucha gente emprendedora ha intentado en ese mundo desarrollar su propia versión de la tortilla, investigando aquí y allá, cogiendo ideas de intentos parecidos de otra gente o de pistas inferidas de los restos encontrados en la basura de los restaurantes. Algunos lo hacen para tratar de encontrar una fórmula mejor y desbancar a la competencia con su producto. Otros, simplemente, porque intuyen que hay otras variedades posibles que se adaptarían mejor a sus gustos y creen que la gente debería probarlas por propia iniciativa y sin ningún tipo de compromiso ni rechazo contra la de los restaurantes (si es que no les importan sus problemas conocidos, claro). Pero esta gente es muy poco conocida y se ve obligada a trabajar desde la sombra, ya que la compañía de marras presionó lo suficiente a los políticos de varias partes del planeta para que la receta de la tortilla estuviera protegida contra su réplica o, incluso, contra la creación de recetas que tuvieran algún ingrediente en común.

Podemos volver ya a nuestra realidad, quedáis invitados. A este lado de la frontera de la imaginación, cualquiera conoce la receta de una tortilla de patatas. Y no sólo eso: puede adaptarla a sus gustos (fría, tibia, caliente, con mucha sal, con poca sal, con patatas cortadas en tiras, en rodajas, picadas, con un huevo o varios, con levadura, poco hecha, muy hecha, y un largo etcétera). Puede deleitar a sus invitados con sus tortillas (aunque estos insistan en que las mejores son las de sus respectivas tías). Puede probar ingredientes nuevos. Puede saber qué se supone que está comiendo cuando la pide en cualquier local (y los expertos culinarios o sanitarios pueden inspeccionar el producto). Puede dedicarle tanto tiempo como quiera para desarrollar la mejor receta de tortillas de patatas del mundo y, por supuesto, puede comer tantas como quiera, en el tiempo que quiera, con la gente que quiera. Puede publicar la receta, venderla, regalarla. En pocas palabras: es LIBRE para usar la receta como quiera.

Un pequeño apunte informático, antes de que se me olvide: los programas de ordenador que usamos cada día (el llamado “software”, desde el sistema operativo hasta cada aplicación) se “cocinan” a partir de una serie de instrucciones de texto, una “receta”. Todo aquél interesado en saber cómo continúa la historia (tanto la real como la imaginaria) tiene un sitio en el encuentro de aficionados al Software Libre desde el 27 al 30 de este mes en la Universitat Jaume I. Toda la información se encuentra en la web del evento: http://iparty.aditel.org.

Artículo publicado en el periódico "Mediterráneo" el 23/03/2008.

2 comentarios:

Zuviëh dijo...

Dioses, cuando he empezado a leer el post, me ha venido una palabra a la cabeza: linux, y he sonreído. xD

Buena comparación. ;)

Marta dijo...

Pues yo reconozco que hasta el final no sabía cuál era la metáfora. :D

Me ha parecido estupenda. Un señor artículo, este, sí señor.