31.12.04

Tiempo Fractal (A veces pasan cosas)

Alguien dijo una vez (con mucha razón) que todas las historias que empiezan con un "todo comenzó una tarde/aquél día/la noche que/..." son mentira. Que nada comienza en un determinado momento, sino que todo ocurre porque una serie de circunstancias ha hecho que se llegue a ese punto o que se pueda dar esa casualidad.
Supongo que "mis osados lectores" sabrán lo que es un fractal. Si no es así, no te preocupes, estimado amigo: nadie te va a mirar raro por no saberlo. Más bien al contrario; si te acercas a alguien y le dices «Oye, ¿te has fijado alguna vez en la belleza de las estructuras autorreplicantes y de zoom infinito o quasi-infinito que se puede observar en el perfil de las nubes, de las montañas, de las líneas de costa, o de la ramificación de la flora, amén de en algunos componentes de los órganos como las pirámides de Malpighi o la tráquea, o en la estructura de un crisol de nieve?», si te acercas y se lo preguntas, decía, lo más probable es que aparte ligeramente su silla de ti y siga comentando el partido con el colega de al lado.
Bueno, voy a suponer que si aún no captas la idea, habrás sido hábil y habrás puesto "fractal" en el buscador de imágenes de google, el cual te escupirá varios cientos de miles de espectaculares representaciones matemáticas y algunas fotos de la Naturaleza tan hermosas (y terribles) como ésta:


Bien, aparte de por ser la foto de un huracán "tocaya" que fomentaba mis necesidades básicas de narcisismo y blablabla, la he elegido porque se observa perfectamente la espiral que forma el brazo que queda en primer plano: una espiral áurea (o al menos se aproxima bastante).
La espiral áurea es simplemente una espiral cuyo radio crece siguiendo la proporción áurea. Eso lo aclara todo, ¿verdad?
Bueno, hay todo un mundo que googlear al respecto, así que si a estas alturas estáis más perdidos que una neurona en el cerebro de Bush, os dejo diez o quince minutos para que consultéis con el Oráculo.

Tic
Tac
Tic
Tac
Tic
Tac
Tic
Tac

Esto estresa si lo haces mucho, ¿verdad?.


Tic
Tac
Tic
Tac
Tic
Tac

¡Tiempo! (Mi amor, el tiempo sin ti es... "empo".)

Pues del tiempo quería hablar. Si habéis hecho bien los deberes, habréis visto que hay cantidades de formas de vida cuyos cuerpos siguen esta forma de espiral áurea o utiliza las proporciones áureas en ellos (nosotros inclusive, ¡gracias por el Hombre de Vitruvio, Da Vinci!).

Vamos a por el tema, coged aire. Bien, quien más y quien menos habrá tenido alguna vez en la vida la sensación de que "ha cerrado un ciclo". Tal vez desde que se levanta para ir a trabajar hasta que vuelve a hacerlo el día siguiente, quizá desde que encuentra novia hasta que ésta le quiere sólo como amigo, o puede que simplemente desde que nace hasta que muere.
Ciclos que, a su vez, contienen ciclos (mientras naces y te mueres probablemente dos o tres novias acaben queriéndote sólo como amigo mientras te putean cada día teniendo que ir a trabajar).
Pero hay un detalle. En un ciclo perfecto, empiezas donde acabas. En la vida, sin embargo, el tiempo es lineal... ¿o no?
Pensemos por un momento en que el ojo del huracán representa el mismo momento de nuestro nacimiento. Nos desarrollamos deprisa, y en pocos meses pasamos de ser bebé a ser un párvulo. De ahí tardamos un poquito más en convertirnos en un infante. De ahí un poquito más hasta la preadolescencia. De ahí un poquito más hasta la adultez. Y de ahí un poquito más (que ya se han convertido en varios poquitos máses por acumulación) en vetusto, y luego ya lo que aguante el cuerpo hasta ser cadáver. Las relaciones entre desarrollo y edad siguen la forma de ese brazo.
Mientras tanto, estarán ocurriendo a la vez otros ciclos: te saldrán los primeros dientes, las primeras inquietudes, los primeros suspensos, los primeros granos, las primeras eyaculaciones precoces, las primeras calabazas, los primeros expedientes académicos, los primeros despidos, los primeros divorcios.
Y a la vez, cómo no, cada día nos levantaremos (o nos levantarán), nos asearemos (o nos asearán), nos vestiremos (joder, esto cansa y me consta que lo habéis pillado hace ya tiempo, mejor abrevio), desayunaremos, haremos las tareas sociales Part I, comeremos, haremos las tareas sociales Part II, cenaremos, nos acostaremos y vuelta a empezar.
Ciclos, sí, pero abiertos. Cuando acabas estás "como al principio", pero con algo más. Ciclos espirales; espirales con brazos en las espirales que a su vez tienen más espirales en sus brazos. Y así, hasta el nivel que queráis:





Una vuelta de tuerca más: se puede sacar una relación entre el tamaño de los "entes" del Universo y su tiempo de vida (siempre hay excepciones): Una partícula subatómica durará menos que un átomo, y éste menos que una proteína, y ésta menos que un virus, y éste menos que una bacteria, y ésta menos que un gusano, y éste (me salto varios pasos intermedios) menos que un perro, y éste menos que un humano, y éste menos que una sequoya, y ésta menos que una montaña, y ésta menos que un continente, y éste menos que un planeta, y éste menos que una estrella, y ésta menos que un sistema solar, y éste menos que un bucle local, y éste menos que una galaxia, y ésta menos que un supercúmulo, y éste menos que el Universo. Si eres creyente, éste menos que tu dios. Si no lo eres, éste menos que "Santa Bárbara" (la telenovela, no la santa propiamente dicha). Las escalas se disparan con el tamaño, siguiendo el desarrollo de la espiral.

¿Otra vuelta de tuerca más? Si seguís leyendo es porque sois masocas y os gusta el dolor. Tal vez esto "se os esté haciendo largo", y a otros "se os haga corto". Para cada uno, perder tiempo de vuestra vida en leer esto va a suponer entrar por una u otra de las subespirales.
Pensad en cada forma de vida con su propia espiral, interrelacionándose con las espirales del resto de la gente (por ejemplo, Fuckowski en una de sus amadas reuniones logísticas) y con el resto de las cosas en una marabunta caótica pero con un comportamiento emergente y estructurado dentro de él.

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Uf, caos, comportamiento emergente, no queréis que me enrolle (muevo la mano de forma peculiar).
-No queremos que te enrolles.
Así me gusta.

FIN DE LA PUBLICIDAD

Dejémoslo en que todo forma parte del mismo videojuego (violento a más no poder) del Programador de Todo Esto. Imaginad que sois una especie de Neo (por cierto, si tenéis buen ojo habréis visto en el comienzo de la segunda y la tercera parte la aparición de fractales dentro de la estructura de Matrix) y que podéis "ver" la representación del tiempo fractal de cada "cosa que es" en esa reunión del Fucky. Podría ser algo tal que así:


Donde esa fea zona azul del centro representa claramente el marrón que se va a comer de un instante a otro.

Oigo los sollozos de alguien que me implora que pare...
¡Ah, coño, soy yo! Pues nada, gracias por la atención. Despertad a ése de la tercera fila y largáos a perder el tiempo (fractal) a otra parte.

30.12.04

Astrofísica Emotiva (A veces pasan cosas)

** 1 **

Desperté sobre la fría y suave arena de una playa desconocida. Una noche completamente despejada me regalaba el agradable resplandor de la luna llena y el panorama de todas las estrellas que la ruidosa ciudad jamás me permitía ver.
El sabor a salitre del aire se complementaba con el remor efervescente de la espuma que las olas de un mar en calma dejaban sobre la arena. La orilla estaba a pocos pasos de mí, y el mar se presentaba como un pacífico y majestuoso volumen plástico con sus vaivenes impredecibles.
La temperatura era bastante agradable: se intuía el bochorno remanente del atardecer del verano, pero comenzaba a refrescar.
Me pregunté qué hacía allí. No obtuve más respuesta que el latido de mi corazón acompasado con el ritmo de las olas, así que me descalcé y comencé a pasear.
La playa era inmensa, tan larga como mi vista alcanzaba a ver. La arena se colaba por entre mis dedos, haciéndome cosquillas unas veces y dejando una sensación desagradable de abrasión en otras.
Tardé un poco en ver el reflejo de algo que brillaba. Estaba enfrente de mí, entre la arena. Me acerqué curioso, y me agaché para descubrir la causa de aquellas iridiscencias en la noche: era un diamante, del tamaño de la uña de un dedo, vítreo y espectacularmente precioso.
Pensé que tenía mucha suerte de que nadie lo hubiera encontrado antes, tan expuesto como estaba. Levanté la vista y forcé la mirada, ¿habría más?
Sí. A lo lejos pude ver algunos brillos imposibles para la arena. También en el mar, pero demasiado adentro como para llegar hasta ellos, se perfilaban unos cuantos.
Volví a agacharme hacia el que acababa de encontrar. Le limpié la poca arena que lo cubría, y toqué con la yema del índice su pulida superficie.
No sabría explicar muy bien lo que pasó entonces. Sentí como si "alguien" o "algo" me hubiera atrapado con un látigo desde las alturas, y tirara violentamente de mí.
A una velocidad supersónica, comencé a ascender mientras la playa se volvía cada vez más y más lejana, y el paisaje se desdibujaba hasta poder ver todo el planeta del tamaño de una pelota de baloncesto, y todavía más pequeña, más pequeña, más pequeña...
Finalmente, sólo era un tenue brillo entre las otras estrellas.
Por un instante, me pregunté cómo podía seguir vivo en pleno espacio. Pero sólo pude pensarlo durante un segundo porque, al levantar la mirada, vi que me dirigía con rumbo de colisión hacia un pequeño planetoide con reflejos de color plateado, muy similar a la Luna que conocemos. Su hermosura me ruborizó.
Creí que iba a impactar contra esa luna, pero en el último instante (y con una sincronía que aún me maravilla), se hizo a un lado, ofreciéndome un reflejo de mí mismo que no conocía: ahora era un planeta rojizo, con algunos accidentes en su superficie, pero en conjunto muy atractivo.
Mi velocidad se frenó bruscamente una vez atrapado por la influencia gravitatoria del satélite. Poco a poco, los dos comenzamos a describir elipsoides el uno sobre el otro, danzando en una suerte de vals cósmico. Cada mes, nuestras órbitas se acercaban al máximo durante un par de días. Su imagen misma y mi reflejo en ella me llenaban de felicidad; el sentimiento parecía ser recíproco.
Cuando nuestras órbitas se encontraban en nuestro apogeo particular, el punto más distante, la ilusión por volver a acercarnos era mayor que la desesperanza por estar tan lejos.
De esta manera estuvimos bailando durante tres vueltas consecutivas al Sol, ajenos a veces al cosmos que nos rodeaba, pero recibiendo también de pleno alguna lluvia de meteoritos desagradable.
Un día fatídico, mi querido satélite decidió largarse. Al parecer se había cansado de bailar, u otro planeta había capturado su masa a lo largo de la última vuelta en los periodos más alejados. Quién sabe; embelesado como estaba de ella, no prestaba demasiada atención a las circunstancias.
Así que se fue. Se fue, dejando morir toda la energía cinética acumulada, la que me daba la fuerza necesaria para cambiar la realidad por y para ella. Se fue, y por primera vez me percaté de lo frío que era el espacio en la quietud de mi soledad.
Estuve a la deriva durante un tiempo indeterminado, deseando volverla a encontrar, pero allá afuera todo estaba negro, y el telón de estrellas que refulgía a lo lejos estaba infinitamente fuera de mi alcance.
Había algo que me estiraba de nuevo, aunque sólo lo notaba en el estómago. El tirón era continuo y cada vez más acusado.
Allá abajo volvía a aparecer como un fantasma el globo terrestre. Bajaba más, y más, y más. Al entrar en su atmósfera, algunos trozos de mí se desprenderon. Aquello dolía, y mucho.

** 2 **

Desperté sobre la fría y suave arena de una playa desconocida. Una noche completamente despejada me regalaba el agradable resplandor de la luna llena y el panorama de todas las estrellas que la ruidosa ciudad jamás me permitía ver. Había algo nuevo, como una pincelada de rojo sangre rayando el cielo.
Mi estómago se estremeció durante un instante, y respiré hondo.
El sabor a salitre del aire se complementaba con el remor efervescente de la espuma que las olas de un mar en calma dejaban sobre la arena. La orilla estaba a pocos pasos de mí, y el mar se presentaba como un pacífico y majestuoso volumen plástico con sus vaivenes impredecibles.
La temperatura era bastante agradable: se intuía el bochorno remanente del atardecer del verano, pero comenzaba a refrescar.
Me pregunté qué hacía allí. No obtuve más respuesta que el latido de mi corazón acompasado con el ritmo de las olas, así que me descalcé y comencé a pasear.
La playa era inmensa, tan larga como mi vista alcanzaba a ver. La arena se colaba por entre mis dedos, haciéndome cosquillas unas veces y dejando una sensación desagradable de abrasión en otras.
Había caminado durante una noche que se me antojó eterna, cuando vi en la orilla el reflejo de algo que brillaba. El mar mecía el objeto con cada caricia de sus olas. Me acerqué curioso, y me agaché para descubrir la causa de aquellas iridiscencias en la noche: era un diamante, del tamaño de la uña de un dedo, vítreo y espectacularmente precioso.
Pensé que debía de ser imposible que algo tan hermoso estuviera tan expuesto; tal vez se le hubiera extraviado a alguien. Levanté la vista y forcé la mirada, ¿habría más?
Sí. A lo lejos, en el mar, demasiado adentro como para llegar hasta ellos, se perfilaban unos cuantos.
Volví a agacharme hacia el que acababa de encontrar. Esperé a que la ola que lo tapaba se alejara, y toqué con la yema del índice su pulida superficie.
No sabría explicar muy bien lo que pasó entonces. Sentí como si "alguien" o "algo" me hubiera atrapado con un látigo desde las alturas, y tirara violentamente de mí. Me invadió una sensación familiar.
A una velocidad supersónica, comencé a ascender mientras la playa se volvía cada vez más y más lejana, y el paisaje se desdibujaba hasta poder ver todo el planeta del tamaño de una pelota de baloncesto, y todavía más pequeña, más pequeña, más pequeña...
Finalmente, sólo era un tenue brillo entre las otras estrellas.
Por un instante, me pregunté cómo podía seguir vivo en pleno espacio. Pero sólo pude pensarlo durante un segundo porque, al levantar la mirada, vi los destellos de un púlsar. Algo alejada del púlsar, una estrella muy brillante desprendía una luz entre azulada y violácea de una gama cambiante de colores increíble. Su hermosura me ruborizó.
Su gravedad no tardó en mantenerme cerca de ella, y ella caía también en mi influjo. Era algo lento, pero continuo.
Sin embargo, a cada latido del púlsar, ella se alejaba de forma importante de la órbita. Mientras el púlsar permanecía inactivo, la deformación del espacio-tiempo de nuestras masas nos acercaba como canicas en una sábana. De nuevo el púlsar daba una sacudida, y de nuevo la tenía más lejos...
En uno de los tirones, la preciosa estrella se colapsó, y sus capas externas estallaron en una terrible supernova.
La onda expansiva destrozó parte de mi superficie y me lanzó muy lejos, apenas con el tiempo suficiente para observar cómo se convertía en un agujero negro, enlazando para siempre su destino con el del púlsar en un sistema binario.
Aún cayendo, sabía que parte de mi ser había quedado dentro de su horizonte de sucesos, y que mi salvación (ya que no podía fundirme en él) estaba en permanecer lo más lejos posible de su radio de influencia...
Mientras me dejaba empujar sin fuerzas por la energía de la explosión, buscaba algo que consiguiera detener mi descenso. Pero allá afuera todo estaba negro, y el telón de estrellas que refulgía a lo lejos estaba infinitamente fuera de mi alcance.
Me pareció que había una cosa que me estiraba de nuevo, aunque sólo lo notaba en el estómago. El tirón era continuo y cada vez más acusado.
Allá abajo volvía a aparecer como un fantasma el globo terrestre. Bajaba más, y más, y más. Incluso antes de entrar en la atmósfera, grandes partes de mi cuerpo se habían hecho trizas. Agujero negro y Tierra me desgajaban, y el dolor era indescriptible.

** 3 **

Desperté sobre la fría y suave arena de una playa desconocida. Una noche completamente despejada me regalaba el agradable resplandor de la luna llena y el panorama de todas las estrellas que la ruidosa ciudad jamás me permitía ver.
Una curiosa pincelada de rojo sangre rayaba el cielo por el sur, y algunas estrellas fugaces caían a intervalos más o menos regulares por el norte.
Algo conmovió mi espíritu, y me arrodillé en el suelo. Respiré hondo, mientras alguna lágrima mojaba la arena.
El sabor a salitre del aire se complementaba con el remor efervescente de la espuma que las olas de un mar en calma dejaban sobre la arena. La orilla estaba a pocos pasos de mí, y el mar se presentaba como un pacífico y majestuoso volumen plástico con sus vaivenes impredecibles.
La temperatura no era demasiado agradable: se intuía el principio del otoño y comenzaba a hacer frío.
Me pregunté qué hacía allí. No obtuve más respuesta que el latido de mi corazón acompasado con el ritmo de las olas, así que crucé los brazos para darme calor y comencé a pasear.
La playa era inmensa, tan larga como mi vista alcanzaba a ver. La arena se colaba por entre mis dedos, haciéndome cosquillas unas veces y dejando una sensación desagradable de abrasión en otras.
Caminé por un tiempo indeterminado. La situación me resultaba familiar y, no sé por qué (suena ridículo, lo sé, espero que me no os moféis de mí por ello), tuve la impresión de que podía encontrar diamantes en la arena si me concentraba lo suficiente en buscarlos.
En el mar, al menos, destellaban algunos reflejos que parecía imposible que los produjera la simple reflexión de la luz de la -preciosa- luna llena en la cresta de las olas. Tal vez fuera mi imaginación, o mi deseo irracional de dar con uno de esos diamantes.
Pero allí, en la arena, no había nada. Así que seguí paseando, bajo la intermitente lluvia de estrellas. «A veces -pensé- se forman estrellas, o estallan otras emitiendo más luz que todo el resto del Universo junto. Ojalá algún día pudiera verlo.»