4.2.05

Flashes (II) (A veces pasan cosas)

Fue el primer día, el día que le dio su primer beso. Pasearon y se sentaron en el banco de un parque muy bien cuidado. Desde ese banco se podía ver perfectamente el mar en calma.
Era febrero, apenas algunos pocos paseantes manchaban el color de la arena a lo lejos. Como todo el mundo sabe, los sábados por la mañana no hay nubes.
En un día perfecto, con su primer beso, y su primera y perfecta chica, él se recostó en el banco, reposando la cabeza sobre las piernas de ella.
El cielo era el más azul que había visto en su vida, luminoso hasta el lagrimeo. Y la sensación de comodidad, de comprensión, de compenetración (y de todas las otras cosas buenas que comienzan por "com") era total.
Por segunda vez en su vida (la primera fue durante su primer beso, apenas unos minutos antes) se sintió completo y feliz. Muy feliz. Más feliz que nunca en su vida.
Al contrario de lo que suele pasar, era muy consciente de esa felicidad y la estaba disfrutando al máximo.
Entonces ella bajó sus labios y le volvió a besar.

Flashes (I) (A veces pasan cosas)

Se acababan de sentar en el césped. Recién redescubiertos, los dos amantes se acercaban el uno al otro hasta la distancia máxima a la que alcanzaba un beso.
Ella sólo le pidió que hablara, que le contara cositas. En el brillo de sus ojos se leía el anhelo por los labios de él.
Él comenzó a hablarle de lo primero que se le pasó por la cabeza, con tal de complacerla. Tenía curiosidad por saber a qué se debía el pequeño toque diferente en su forma de mirarle.
Ella apretó sus mejillas hasta ponerle los labios como los de un pez. Él calló, sorprendido.
Le pidió que siguiera hablando. Él retomó el hilo de su historia.
Entonces, ella se inclinó hacia él y comenzó a dibujar la línea de su boca con el borde de sus labios. Dejaba un hilito de saliva por donde se movía, humedeciéndolos.
Él notaba cómo le abandonaba el juicio poco a poco. Casi era capaz de sentir el flujo de endorfinas que recorrían su cerebro, nublándolo. Allá abajo, el cerebro primario requería un aumento del caudal de sangre, en detrimento del cerebro secundario, que se sumía lentamente en una nube de placer.
El hilo de palabras era ya inconexo. Sin embargo, cuando él callaba, ella le empujaba a seguir hablando, sin dejar de besarlo, mordiéndole ligeramente los labios, capturando toda su boca.