Un destello (del sol reflejado en un cristal, o de una fogata, o de una lámpara tapada o no) para el «sí», la oscuridad para el «no». Era el código más simple posible de comunicación a distancia. Con la suficiente sofisticación de esta base, se podía conseguir establecer un convenio de una suerte de pulsos que definieran durante qué tiempo esperaríamos un sí o un no, o cambiaríamos el significado de qué se entendía como sí o no en base a grupos de pulsos, o lo haríamos variando la intensidad de la señal y no solo su presencia o ausencia, o su velocidad, o su desplazamiento.
Mientras se evolucionaba hacia convenios robustos de transmisión de información, también se trabajaba en cómo enviar esa señal invirtiendo la menor cantidad de energía posible e intentando que sorteara la mayor cantidad de obstáculos posible. Curiosamente, ambos problemas se resolvían bajando la energía desde la luz visible hasta las radiofrecuencias. Con esta luz ultradébil, se conseguía un compromiso estupendo entre un consumo energético lo más bajo posible en dispositivos que quizá necesitaran consumir batería, y una longitud de onda capaz de atravesar objetos de tamaño humano, incluso los opacos a la vista.
Pero no siempre se trataba de conectar con dispositivos relativamente cercanos. Algunos de ellos estaban, literalmente, lo más lejos que hemos llegado como Humanidad, a un día luz de distancia. Y necesitábamos recibir su información desde allí (un día después de haber sido emitida, viajando a la velocidad de la luz), y transmitirle órdenes de vuelta (otro día después de haberse enviado, viajando a la velocidad de la luz). El ingenio humano creó espléndidas antenas capaces de llevar a cabo tal hazaña, conectándonos con los límites del sistema solar.
Ojalá que quienes temen a las «frecuencias electromagnéticas» fueran conscientes de que el milagro de las mismas reside justamente en ser capaces de emitir y recibir luz ultradébil (millones de veces más débil que la luz del sol, decenas de miles de veces menor que las de una bombilla, cientos de veces menor que la de la radiación infrarroja que emiten nuestros propios cuerpos), y pudieran trocar sus miedos por la fascinación que merece el ingenio humano.
Esta entrada participa en la iniciativa Café Hypatia.

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