Desde que bajamos de los árboles, nuestra especie tenía intuiciones sobre cómo funcionaban las cosas. Algunas no iban mal tiradas, como que tocar a un individuo o animal enfermo podía provocar que ellos también enfermaran (creando esa especie de «magia por contacto» o «por contaminación»), o plantas que tienen cierto parecido con órganos humanos y contenían principios activos beneficiosos para enfermedades relacionadas con ellos (generando una «doctrina de las signaturas»).
Con estos mimbres, la circuitería de la «magia por simpatía» se hacía fuerte en el cerebro humano: la danza de la lluvia, los dibujos de pinturas rupestres para «manifestar» al animal que sería cazado, los rituales con muñecos, amuletos varios...
Pulsamos el «fast-forward» hasta llegar a un médico sajón que, a principios de 1800, detecta (o cree detectar) una similitud entre ciertas intoxicaciones con remedios de la época y las enfermedades que pretendían tratar. Recordemos que hablamos de una época en la que no se conocía ni la teoría microbiana de las enfermedades, ni tan siquiera la indivisibilidad atómica de la materia.
Este médico, Samuel Hahnemann, echó mano de la magia por simpatía en varios niveles: por un lado, da nombre a la homeopatía por esa supuesta relación entre sustancias que, al tomarlas, provocan un efecto similar al que se pretende curar. Por otro, asocia el efecto curativo a que el enfermo tome dicha sustancia a alta dilución (para que no provoque ese síntoma), bajo la creencia de la «magia por contacto» de que, al disolverse indefinidamente en agua, hidroalcohol, leche o el líquido que fuera, y sacudirlo vigorosamente contra una biblia de cuero, la sustancia transmitiría al solvente el «espíritu curativo» del producto, sin necesidad de que este estuviera presente.
El razonamiento subyacente, influenciado por sus fuertes ideas religiosas, residía en que (según él), el cuerpo humano no tenía gran tolerancia a manipulaciones, cosa que había investigado inyectando el aparentemente inocuo y necesario aire en las venas de algún infeliz, con la consecuente muerte del sujeto. Sí. Tal cual. El alma, por otra parte, era incorruptible e inmortal. Por tanto, ¿qué podía causar para él las enfermedades? Pues una alteración en una pieza intermedia, el espíritu, que podía sucumbir a las miasmas, emanaciones fétidas de aires o líquidos impuros. ¿Y cómo curarlo? Pues desplazando esa enfermedad del espíritu con el espíritu de ese producto que producía la misma enfermedad en su estado material.
Aunque en su época ya tenía muchos detractores y sus ideas eran fuertemente criticadas, lo cierto es que en plena vigencia de la «medicina heroica» (con sus sangrías, venenos, sangrías, trepanaciones, sangrías, ayunos, sangrías, purgas, sangrías, metales pesados, sangrías...), el aplicar un «nada» homeopático funcionaba manifiesta y experimentalmente mejor que los remedios tradicionales de los matasanos. No se le puede culpar totalmente por su auge en su tiempo.
Luego, por supuesto, llegarían los microscopios, y un tal Avogadro, y sabríamos tanto el origen real de las enfermedades como el de la estructura íntima de la materia, los límites de su divisibilidad y su interacción química y bioquímica. Sabemos cómo los principios activos de ciertos compuestos actúan como llaves magnéticas (y cada diferente tipo de átomo y molécula le confiere unas sutiles intensidades a esos magnetismos) que interactúan con las cerraduras igualmente magnéticas de las paredes celulares del cuerpo y otras proteínas y moléculas en general.
Sabemos que, en el absurdo caso de que al sacudir (sucusionar, en su argot mágico) el producto original (tintura madre) en el agua durante decenas, cientos o hasta miles de sucesivas diluciones 1 a 100 (potenciación o dinamización centesimal) se creara algún tipo de estructura en ella por su (pretendida) memoria, el molde de moléculas de agua creado en ningún caso podría generar el mismo patrón electromagnético que el que generaría la sustancia original.
Eso, asumiendo como verdaderas (que no lo son) las suposiciones de que un compuesto que te causa ciertos síntomas (que terminan siendo subjetivos al gusto del homeópata de turno) te los curara por esa magia simpática tras construir ese molde acuático. Quedaría por ver cómo eso comulgaría con el último paso del proceso homeopático, cuando las gotas de la dilución final se salpican (impregnado) en glóbulos de sacarosa para luego evaporarse, que es lo que termina consumiendo el estafado (paciente), pues nadie habla de «la memoria de la sacarosa». Quizá es el truco final de la magia por contacto.
Pero, por supuesto, sabemos que lo que diferencia a un sólido, un líquido y un gas es precisamente la estabilidad de sus estructuras. Que las hipermóviles moléculas de agua tienen, en todo caso, Alzhéimer, siendo incapaz de mantener estructura alguna (y por eso es un líquido y no un sólido). Y que la homeopatía es una estafa que se sostiene socialmente a base de pura corrupción e ineptitud política. Ahora, solo necesitamos saber qué truco de magia es necesario hacer para desmantelar este chiringuito multimillonario.
Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

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