16.7.07

Subproductos

Escritores que escriben sobre escritores. Qué manido, y qué absurdidad.

Cerré el libro de Millás y me reacomodé en el torturante asiento de aquel Talgo que me devolvía a casa. Yo soy escritor, y siempre he pensado que ése es el recurso fácil. «Escribe de lo que sepas», recomienda Stephen King. ¿Y de qué va a saber más un escritor que de la propia vida de un escritor? Muchas de las historias de King, sin ir más lejos, van de lo mismo. Manido y absurdo.

Con lo increíblemente sencillo que es crear historias. En sitios como aquel tren, por ejemplo, eran las historias quienes buscaban a uno. Los personajes aparecían como setas, se abalanzaban sobre ti o se insinuaban llamándote la atención más por lo que escondían que por lo que mostraban.

La de historias que podía haber en un radio de cuatro metros cuadrados alrededor de donde estaba sentado... Lo que ocurre es que, cuando quieres escribir, a veces parece como si arrancaran de un tirón todos tus recursos y los tiraran a la basura. Porque querer escribir es como querer ser feliz. Da igual lo mucho que lo quieras: serás feliz (o no) como efecto secundario de un cúmulo de cosas que, en principio, no tienen por qué estar ligadas. Con la escritura pasa algo parecido: si estás en el momento oportuno en el lugar adecuado, te ocurrirán (u ocurrirán ante ti) cosas que harán que desees tener a mano una libretita para poder apuntar a toda prisa las palabras claves de esos hechos, esas frases, esas personas, que no querrías que se te olvidaran. Tendrás la historia delante de ti, pidiéndote por favor que la plasmes de alguna forma.

En aquel tren de grandes líneas, por ejemplo, podías adivinar docenas de historias interesantes. Algunas incluso las llevabas dentro, en forma de recuerdos. Por ejemplo, una mujer se despedía de su pareja en la puerta, antes de salir. Te cruzabas con su mirada melancólica en el pasillo, y sólo podías desear animarla, decirle que todo saldría bien, pedirle que te contara su historia -eso suele animar a las personas-, entablaríamos una charla y yo le contaría mi propia historia, mis propias historias de relaciones a distancia, como la vez en la que, en una visita sorpresa, mi chica perdió un pendiente muy preciado en el césped antes de una de sus clases en la universidad -por mi culpa, hay que añadir-, y cómo conseguí encontrarlo (en lo que parecía una misión imposible) antes de que saliera de esa clase. Su cara de felicidad radiante no tenía precio. Aquella tarde era su héroe particular.

Por supuesto, en el mundo real te cortabas un poco y te conformabas con adivinar cómo estaría siendo su vida mientras se sentaba en silencio, con los ojos turbios. Pero pasaba el interventor, y de nuevo fluían las preguntas que podrían servir como gérmenes de historias: ¿cómo eran capaces esas personas de recordar a quién habían mirado ya el billete, y hasta dónde iba cada uno? Me veía preguntándole ("Disculpe, ¿cómo sabría usted si yo me bajo una o dos paradas después de donde se supone que debería?"), y él me respondía que desde muy pequeño tenía una tendencia natural a recordar muy bien caras y hechos, y que además se entrenaba con esos ejercicios cerebrales que traen ahora algunas videoconsolas. Después se reiría de mí, diciéndome que era una broma, que su papel era más disuasivo que otra cosa, y que se le solía notar a la gente si te había enseñado ya su billete o no, o si estaban haciendo trampa, por su grado de estrés.

Pero tampoco preguntabas. Puede que esa historia me gustara más que la realidad, fuera cual fuera.

Entre estas divagaciones, el tren llegó a la estación en la que tenía que hacer trasbordo a un tren de cercanías. Tuve la sensación de que los trenes de grandes líneas "molaban más" para sacar historias que los de cercanías. Grandes líneas, grandes historias. Aunque los de cercanías, pensé, quizá tuvieran historias más cercanas.

Al bajar del tren y comenzar a cruzarme con una marea de ojos en dirección contraria, sentí ganas de correr. Fue un impulso súbito, un pequeño ataque de ansiedad por el final de vacaciones que se avecinaba y que tanto había saboreado. Qué demonios, seamos sinceros: acababa de estar con ella unas horas antes y ya la echaba de menos. La noche anterior, sin ir más lejos, disfrutábamos en el puerto de unos fuegos artificiales. "¿Por qué tienen que hacerlos siempre a las doce de la noche? ¿Es que no pueden tirarlos antes?". La amé por esa pregunta tan mía, a la que respondí de una forma muy suya. Ahora ya no estaba. Ojalá hubiera un tren de vuelta para deshacer el camino en ese mismo momento. No salí corriendo, pero apreté un poco el paso. Y hubiera jurado que me crucé varias veces con su aroma...

En el otro tren redescubrí que las ideas para la ficción te pueden venir dadas sólo escuchando a la gente. Una cría en plena ebullición hormonal le contaba a dos compañeros-esbirros de instituto -si es que llegaban a pisar alguna vez ese edificio- que la había cagado: "La he cagado. Mi padre acaba de llamarme. Joder, que mi padre trabaja en el puerto. Dice que conoce a un guardia civil al que le puede pasar la matrícula para averiguar dónde vives, y que entonces irá a partirte la cara."

Poesía pura. Dejé al trío con su momento de pánico mientras me sentaba cerca de la puerta opuesta, sudado por el calor pegajoso y la pequeña carrera de antes. Cogí el libro de Millás y volví al ataque.

El tren arrancó de camino a mi pueblo, con sus ochenta mil y una paradas intermedias, y yo seguí avanzando en la trama y los personajes de aquella novela sobre escritores. Uno de los macarras de la chica iba armando jaleo con música bakala puesta a sonar a todo trapo con su móvil, y el calor de la calle se iba calmando con el aire acondicionado del tren, aliándose con la parsimonia del anochecer veraniego.

Tres o cuatro -o diez- paradas más adelante, sucedió algo que desvió mi atención del libro. Después de que algunas personas bajaran por donde yo estaba, un chavalín de unos ocho años, que había bajado en esa misma parada un par de puertas por detrás, fue pulsando el botón de "cerrar" de cada una de las puertas ante las que pasaba. Lo primero que pensé fue «Qué pequeño cabrón». Luego pensé «Un momento, en realidad ha hecho lo correcto; en el tren piden que se cierren las puertas para mantener la temperatura interna». Mientras me debatía en la ambigüedad de si aquel joven era un maleducado o la única persona cívica de todo el andén, el aviso de cierre de puertas sonó, y el tren se puso en marcha de nuevo.

Como decía antes, ésa era la clase de cosas que te podía dar material "gratis" para escribir. Tienes las historias, tienes los lugares, y tienes los personajes. Luego coges esos personajes, y los relacionas.

Las relaciones, así en abstracto, siempre me han resultado muy interesantes. Aplicándoles un punto de vista informático, las suelo ver como árboles de fibra óptica que conectan a las personas formando una intrincada red. Para relacionarnos, enviamos información por esos cables.

A veces, la gente piensa que al dejar de tratar con una persona, el vínculo que los relaciona se rompe. Nada más lejos de la realidad: que no estés transmitiendo por el cable no significa que no haya cable. Basta una carta del otro lado, una llamada, un SMS, y esa persona con la que supuestamente no tenías relación pasará por tu vida como un barco que se cruza con otro, dejando a veces una turbulenta estela capaz de hacerte zozobrar si no vas con cuidado.

Recordé una conversación parecida que tuve no hacía mucho con una vieja amiga con la que apenas tenía contacto (quizá de ahí el tema), mientras probaba por primera vez un sabroso mojito (y mi tolerancia al alcohol, con nefastos resultados en este último campo). Después de perder mi capacidad psicomotriz y mi diccionario mental de sinónimos, discutía con ella en pleno ataque de llanto (un llanto en absoluto acorde con mi estado psicológico real, más bien lo que Millás definiría en mi libro como «un resignado fenómeno atmosférico», algo así como la antítesis de un ataque de risa tonta), discutía con ella, decía, sobre los lazos que nos siguen uniendo -afortunada o desafortunadamente- a los seres con los que alguna vez hemos tenido relación.

Este recuerdo me iba a resultar extrañamente curioso poco después; a veces parece como si la realidad fuera sólo trazas pintadas sobre un tapiz cuyo motivo únicamente se puede apreciar desde lo lejos. En una de las últimas paradas antes de llegar a casa (y con mi columna vertebral pidiendo a gritos disociarse del resto de mi cuerpo), una abuelita intentó subir por la escalera frente a la que estaba sentado. La pobre levantó el primer pie, y apenas tenía fuerza para subir los otros dos, así que me tendió una mano que tomé al instante. Me dio las gracias y fue a sentarse no muy lejos, dentro de esos cuatro metros de acción de mi sónar interno.

El tren volvió a moverse, y yo volví a las últimas páginas del libro. Aquel libro no iba a pasar de la puerta del tren sin haberse terminado. Me quedé absorto de nuevo, temiendo subconscientemente evadirme tanto que no escuchara el anuncio de mi parada. No quería pasar ese bochorno, no otra vez... Entonces, la abuela preguntó por el nombre de mi parada a una mujer que se preparaba para bajar. Concretamente, quería saber por cuál de las dos puertas tendría que apearse. Supuse que necesitaría tomarse su tiempo para llegar hasta ella y prepararse mentalmente para su suplicio particular de la bajada de escalones.

Pero aquella mujer no supo responder a la anciana. Miré hacia ella y le dije que no se preocupara, que yo iba a esa parada, y le señalé que la bajada era por la puerta que tenía justo enfrente de mí. La misma por la que había subido unos minutos antes. Ella volvió a darme las gracias, y empezó a contarle al grupito de personas que tenía alrededor una anécdota acerca de la vez que llegó de noche y a solas al parque de esa estación, y un tipo con mala pinta se puso a seguirla durante unas calles, ante su pavor.

Esa gente asintió e hizo algún tipo de comentario sobre los tiempos que corren. En realidad, supongo que tenían el más mínimo interés en su historia, cosa que no amedrentaba en absoluto a la locuaz anciana.

Dentro de mi cabeza, podía ver claro como si fuera un guión propio que los acontecimientos discurrirían de la siguiente forma: la viejita me volvería a pedir que la ayudara a bajar. Luego, al haber un paso subterráneo con escaleras, obviamente tendría que hacer lo propio hasta llegar al otro lado. Y al llegar a ese otro lado, me contaría la anécdota de la vez en la que un tipejo intentó atracarla, y me vería en la obligación de escoltarla por el parque hasta algún lugar iluminado.

Dicho y hecho, las cosas se sucedían con la sincronía de un reloj atómico suizo. Bueno, o lo hubieran hecho si no la hubiera convencido de que esta vez había bastante gente en el parque -el resto de los que acababan de bajar- y nadie se atrevería a hacerle nada.

Así que, una vez a salvo de los malvados, la dejé allí y volví a casa quitándome el disfraz de superhéroe en la primera cabina. No creáis que es fácil, ya apenas hay cabinas. Fue curioso volver a cruzarme con la temática del "héroe" en tan poco rato. Lo achaqué a otro hilo del destino, y continué deambulando por las calles, jugando a formar palabras con las tres letras de las matrículas modernas de los coches con los que me cruzaba. CNT, canto. GND, gónada. DXS, deixis -fuera lo que fuera aquello, estaba seguro de que existía-. FFH... mierda, a esperar al siguiente.

Escribir historias... Fui montando mentalmente la historia que iba a escribir al llegar. De mis primeros relatos de ciencia ficción, había pasado a desarrollar el gusto por las historias cotidianas. Creo que por culpa -o gracias a- una compañera aficionada a ellas, a quien quería impresionar. Un amigo me dijo por aquél entonces que era un ingeniero de las palabras (quizá por productos propios como "abracitar"), pero aquella noche el adjetivo me quedaba grande.

Llegué al jazmín de la esquina de mi casa, e inspiré hondo su fragancia. Subí a casa, entré en mi cuarto y dejé caer el equipaje sobre la cama. Me tomé una tónica fría mientras se encendía el ordenador, y después me puse frente a él y empecé a ordenar mis ideas.

Cuando terminé de escribirlo, lo releí. Pensé por última vez que aquel montón de mierda no merecía ver la luz jamás. Luego, pulsé el botón de publicar.

4 comentarios:

Mars Attacks dijo...

Mi especial agradecimiento a:
-mi anfitriona, por el trato
-Servidora, por prestarme "Dos mujeres en Praga".
-Juan José Millás, por escribir este pedazo de libro.

Por supuesto, todos los hechos de este relato son ficticios, excepto los que no lo son. Lo mejor de toda la historia (si es que tiene algo bueno, espero que sí) quizá haya sido la historia de la gestación de la historia; de cómo, a falta de libreta y boli, iba echando mano de la agenda del móvil, anotando de cinco en cinco minutos una serie de ítems durante un trayecto en tren. 23:30.Revisorbilletejuegosdematriculasrelaciones.
23:35.Escritorqueescribedeescritores,chicoquecierrapuertatren
y así sucesivamente, hasta llegar, como ya podéis suponer, a las 00:00. La hora bruja, la no-hora, el cambio de día. Quizá la razón por la que los fuegos artificiales se disparan a esa hora, y no a otra más prosaica como las 21:47.

Un abrazo para todos los que se atrevan con el relato :)

Abraham dijo...

Hay muchas cosas que querria comentar pero me voy a limitar a esto:

La lectura, si lees llegas a un nivel de comprensión que si no recuerdo mal debe estar entre el 80 y 90%, claro solo en esto habrá miles de dudas y controversia y mas si introducimos el tema de la memoria momentanea y la memoria a medio y a largo plazo, e incluso alguna mas intermedia. Bueno, el echo dde la lectura debe ser una actividad de satisfacción, autosatisfación se podría pensar pero hay q tener en cuenta q no es solo un echo que satisface instantáneamente sinó por repercusiones en el futuro y directamente en el futuro.

Ahora q pienso... había decicido hacer lo comentarios en wordpad y depies pasarlos aqui y no lo estoy hacendo, corro riesgos por hacer las cosas en continuidad procesal.

Claro, después están, los tipos de textos, por que una cosa es un libro que encierra una idea gloval desde la pag. 1 hasta la 320 y otra cosa es un artículo corto. Cual es la contradicción cuando en un artículo aparecen miles de ideas y en un libro se le dan vueltas y vueltas a dos o tres? hombre, está claro que en un artículo no hay espacio suficiente hombre, está claro que en un artículo no hay espacio suficiente para desarrollar una idea completa y adecuadamente.

Y mi pregunta es, así, sin sobre aviso, ¿Quien escribió antes de venir el ordenador?

La vida moderna, y los que estaba, dentro de su época, en la modernidad? Las ideas van rápido y el entorno es fugaz. Seguiré informando ahora stoy cansado.

por cierto, estaban echando mars attack mientras escribia esto.

Mars Attacks dijo...

Como de costumbre, no te he entendido nada :D

CASANDRA dijo...

no solo me atreví con el relato, lo disfruté (a veces leo salteado, no en este caso...) Me arriesgo a un comentario con ese humor irónico de que haces gala, pero vuelvo a expresarte mi gusto por tus letras, palabras, frases y escritos en general.