26.2.24

Sentido crustáceo

El arácnido ya estaba pillado, así que a mí me dieron la versión de Aliexprés. Sabía cuándo la cosa se iba a poner mal, pero justo en un punto en el que era incapaz ya de enderezar el asunto, o donde solo conseguía empeorarlo: me daba cuenta de que no llevaba las llaves de casa encima justo cuando empujaba el tramo final de la puerta para cerrarla; que quería coger una cucharilla más al cerrar el cajón de los cubiertos de un caderazo, bajando la mano a la vez que lo hacía y consiguiendo pillarme dolorosamente los dedos; que necesitaba los archivos que estaba a punto de eliminar para siempre mientras la señal nerviosa viajaba a toda velocidad hacia el dedo que bajaba para hacer click en el «sí»; que acababa de confundir la leche con el zumo de piña mientras lo echaba al vaso con cacao en polvo, o el vinagre de módena con la salsa de soja para aliñar la ensalada que me había llevado veinte minutos preparar. Veía con claridad el trompazo de mi hijo en el momento de dar la voltereta, ya sin margen de intentar impedir o amortiguar siquiera el impacto.

A veces lograba oír mi propio «¡NO!» justo mientras llevaba a cabo la acción fatal definitiva que me complicaría los próximos minutos, horas o días. Probablemente era el superpoder que merecía, pero desde luego, no era el que necesitaba.


Este microrrelato participa en la iniciativa Divagacionistas.

29.1.24

Inesente

Recuperé la conciencia. Aún aturdida por la explosión y el golpe, pensé que me había quedado ciega. Pero la negrura infinita en la que flotaba se rajó, sobresaltándome, con una esfera mucho más brillante que la luna llena. Acomodé la vista en los segundos que tardó en salir de mi campo visual, reconociendo los recovecos de nuestra pequeña mota azul pálido, para volver enseguida a un negro absoluto.

Estaba rotando hacia atrás por un eje imaginario que pasaba atravesando mis caderas. Para alguien que me viera desde la tierra, podría parecer una acróbata borracha del Circo del Sol haciendo volteretas invertidas.

Intenté mover mis extremidades. Entumecidas, pero funcionales. Calculé que había pasado alrededor de una hora desde que nuestra nave saltó en pedazos durante el intento de acoplamiento, presumiblemente por un trozo de basura espacial que perforó inoportunamente uno de los tanques de propulsión. Si la ISS continuaba de una pieza, y sin saber a qué velocidad terminé tras la explosión, aún podrían faltar horas para verla aparecer por algún lado. Pero podría también tenerla a poca distancia y no distinguirla, igual que yo era virtualmente invisible para cualquiera que no estuviera a pocos metros de mí.

Intentaba ahuyentar el demonio de ese pensamiento, pero fue imposible: «Mamá va al espacio en su última misión y luego ya se quedará con vosotros para siempre. Estaré de vuelta antes de que os déis cuenta». Aunque no quería pensar en ello, en mi fuero interno sabía que mis horas estaban contadas. O minutos, puesto que mi traje no debía tener ya demasiado oxígeno. No me atrevía a mirar el indicador, como alguien con insomnio teme echar un vistazo al despertador solo para averiguar que está a dos minutos de la alarma.

Pensé en acelerar el proceso antes de que el miedo terminara atenazándome del todo. Pensé en desenroscar el caso y dejar entrar la fría nada a él. Quizá me daría tiempo de oler el aroma del vacío, la esencia de la inexistencia. Por otros colegas sabía que sería un olor similar a la barbacoa o al ozono tras una tormenta eléctrica. Pero también sabía que, antes de poder oler nada, mi cuerpo habría expulsado todo el aire de mis pulmones y habría congelado lo que quedara del resto. Me habría quedado inconsciente en segundos, hinchada como un sapo y eternamente congelada.

Subí mis manos a los cierres de seguridad del casco.



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