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15.7.26

Tándem fiesta

Lo conocí en Castellón en una party de las que se estilaban hace veinte años, organizada por una asociación universitaria, ADITEL, en la que nos dedicábamos a promover el Software Libre, explicando a los curiosos en qué consistía, ayudando a los primerizos a instalar sus primeras distribuciones (esto era antes de la magia de Knoppix y ni hablemos de Ubuntus y similares), y dando charlas y talleres sobre sus herramientas, trucos, avances...

Yo mismo me inicié allí con una Debian, sintiéndome hacker desde el momento en el que empezaba aquella consola de colorines a sacar información críptica sobre módulos de kernel que quisieras seleccionar o no para ajustar la distribución a lo mínimo real e imprescindible que necesitara tu equipo, revitalizando una máquina que llevaba tiempo muriéndose con el Windows Millenium o lo que fuera que hubiera por la época.

Ya habíamos organizado unas cuantas parties, iban saliendo casi redondas, y los organizadores nos vinimos arriba y pensamos en invitar directamente a alguno de los Popes máximos. Como quiera que alguno de los organizadores ya tenía su contacto de las arcanas Hispalinux que se celebraban en Madrid, le mandamos un correo y, para nuestra sorpresa, aceptó sin problemas. Gestionamos el viaje, y de repente teníamos a Richard Stallman en la UJI, comentándonos la ya mítica historia de cómo se le atascaba la impresora Xerox, ocasionándole grandes pérdidas de tiempo por no tener una gestión de errores apropiada, y cómo se dio contra un muro al pedir el código fuente para implementar él mismo una gestión más apropiada para su controlador.

Conocer esa historia es distinto a que te la cuente de primera mano un señor descalzo sentado en el suelo con un aire beatífico, un hippie a medio camino entre Buda y Bob el Silencioso, que iba con una flauta dulce (no estoy seguro de estar inventándome esa parte del recuerdo) y un séquito constante de gente interesada en lo que pudiera decir. Y bastantes latas de cerveza, si tampoco recuerdo mal.

Saber las «Cuatro libertades del Software» es distinto a que te la cuente la mente que las pergeñó, y que básicamente consisten en la libertad de saber, de explorar, de trastear, de compartir: Poder ejecutar lo que quieras para lo que quieras; poder ver cómo está hecho el programa y cambiarlo (lo que requiere tener acceso al código fuente del mismo); poder compartir el programa original con quien quieras; y poder distribuir también cualquier modificación que hagas. Para ello creó la licencia GNU (General Public License) como plasmación de esa filosofía, jugando con el nombre recursivamente (GNU is Not Unix) para destacar su contraposición al sistema Unix imperante en los servidores de la época y que tantos dolores de cabeza le dio. Esta licencia debía ser viral para cualquier software originado a partir de Software Libre.

En su origen, él y la Free Software Foundation fueron desarrollando un corpus de herramientas que debían funcionar sobre un sistema operativo, pero el que tenían no llegaba a cuajar. Hasta que un finlandés con más pinta y cerebro de informático estándar decidió crear uno por su cuenta, similar a Unix, lo llamó Linux (también como juego de palabras con su nombre, Linus Torvalds) y decidió adoptar la licencia GPL, lo cual ocasionó la rápida adopción por parte de la comunidad de su «juguete».

Tengo entendido, aunque no me he metido mucho en ello, que ambos se llevaban o se llevan bastante mal: Stallman insistiendo en que el conjunto debería llamarse GNU-Linux y no debería permitir que se usara con software privativo; Torvalds pensando que Stallman era un idealista radical que se pasaba con sus sermones y que, pese al mérito de Stallman, el pragmatismo de una tecnología superior era la clave de su éxito.

Como fuere, gracias a ese combo tenemos hoy en día el riquísimo ecosistema actual de distribuciones libres (y no tan libres) de que disfrutamos por doquier.

Otro día hablaré de mi tándem científico español favorito, el trío de Santiago, Ramón y Cajal.


Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.

15.6.26

El mundo en sus... ¿manos?

—Se podría decir que, a menudo, cuando soñamos estamos recreando situaciones que hemos vivido recientemente, o nos enfrentamos a retos que nos preocupan, a modo de entrenamiento, para averiguar qué eventos podrían desatarse si hiciéramos tal o cual cosa, si dijéramos tal o cual palabra.

Desde el suelo, medio desmadejado, el androide miró a su entrenador. No hizo ningún gesto de que estuviera escuchando, pero procesaba con toda su potencia el discurso que le llegaba, analizando cada subimplicación de la elección de cada palabra, de cada estructura, en relación al conjunto entero.

—Por supuesto, en ese sueño no hay nada que tenga que ser necesariamente real: por ello volamos y viajamos por el Universo y nos teletransportamos y nos movemos por geometrías no euclídeas, o nos aparecen partes del cuerpo inexistentes o nos desaparecen otras, confrontándonos a veces a situaciones que parecen sacadas de películas de body-horror.

El androide se autoexaminó visualmente, aunque no lo necesitaba para saber su estado: durante la caída, había perdido la conectividad con los actuadores y sensores de sus extremidades laterales izquierdas. En todo caso, constató que donde solía haber un antebrazo y una pierna, ahora había un montón de cables sueltos escapando de entre los huecos caóticos de chatarra retorcida. Volvió la vista a su entrenador.

—Pero, por lo general, los sueños nos mantienen dentro de unas reglas bastante consistentes con las que experimentamos cuando estamos despiertos: hay gravedad, los líquidos mojan, las cosas no se intersectan arbitrariamente, los materiales reflejan la luz con respecto a sus propiedades físicas, los objetos se comportan como esperaríamos de ellos.

El androide revisó el resto de su entorno: la parte del accidentado suelo pedregoso sobre la que había aterrizado, en el cauce de un río cercano, cuyas salpicaduras humedecían las rocas, volviendo aún más difícil si cabe la situación.

—Así que no es descabellado usar estos sueños, incluso con aberraciones en las variables más básicas, para poner a prueba nuestras destrezas ante la misión de intentar conseguir algo. No tiene por qué ser algo complicadísimo: puede ser tan simple como intentar levantarnos tras un resbalón. Puedes practicar gratis y fallar sin consecuencias tantas veces como quieras, de forma que, si te tuvieras que enfrentar a ello en la vida real, el aprendizaje obtenido de esa experiencia te sería relativamente útil, y tanto más útil cuanto mejor sea el modelo del mundo que tu cerebro ha conseguido soñar. Claro que en el caso de un robot lo llamaríamos «simular», probablemente.

El androide se abrazó el pecho con el brazo funcional. Con un movimiento imposible para un humano, hizo lo propio con la pierna. Los extendió con fuerza y los encogió de nuevo, buscando proporcionarle una inercia angular a su cuerpo que le permitiera ponerse de lado. Las piedras resbalaban, y los rotores no consiguieron el impulso exacto hasta el sexto intento. Con dos empujones más, logró sostenerse con el pie y la pierna en el suelo y el cuerpo al aire, ofreciendo al sol del atardecer la silueta de una especie de camello dibujado por Dalí mezclado con un AT-AT de Star Wars. Inclinando espasmódicamente cintura y miembros, empezó a conseguir moverse. Al principio, de forma bastante ruda y con varias caídas implicadas. Al cabo de diez millones de iteraciones, de forma bastante solvente.

En total, habían pasado dos segundos en tiempo real, aunque el androide llevaba varias semanas de tiempo virtual practicando lo que debía hacer. Abandonó el modo de simulación, y se abrazó el pecho con el brazo y pierna funcionales: era imperativo llegar hasta el humano que viajaba con él en el momento del ataque, para poderlo auxiliar.



Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.

15.4.26

Finales

—Por supuesto, como Asimov ya comentaba en su día, estos comportamientos son indistinguibles de los de un ciudadano con principios y funcional dentro de la sociedad. Hasta no hace mucho, ni siquiera eran algo «programable» como tal en las máquinas, era imposible traducirlo algorítmicamente a la explosión de posibilidades, pero como sabe, con la llegada de los LLM la cosa cambió radicalmente. Todos nuestros productos cuentan con las Tres Leyes incorporadas de fábrica, y...
—Cuatro.
—¿Eh?
—Asimov comenzó describiendo las consabidas Tres Leyes de la Robótica, pero al cabo de un tiempo le añadió la «Ley Cero».
—Bueno, sí, pero esa no la introducimos por defecto. El caso de su interacción con la autopreservación del robot le da igual a todo el mundo, pero nadie estaría del todo tranquilo con un androide (o un perro robot o un coche inteligente, para el caso) que antepusiera el bien de la Humanidad por encima de las órdenes dadas por un humano, ni mucho menos por la protección de un humano (o que, por inacción, este resultara dañado, ya sabe). Si Asimov ya dedicaba sus historias a subrayar conflictos que podían ocasionarse siguiendo solo las Tres Leyes como principios rectores, imagine lo fácil que sería que los robots decidieran que lo mejor que podrían hacer por la Humanidad fuera masacrar a una parte de la población en pro de equilibrar los recursos naturales. A la gente pudiente, los primeros en integrar esa lista y a la vez los más dados a poder costearse nuestros productos, no les encantaría esa perspectiva.
—¿Y son conscientes?
—Responder a eso es... complicado.
—Por favor, no evada la cuestión. Es importante para mí. Quiero un asistente, incluso un colega, no un esclavo.
—Precisamente es por ello por lo que es complicado. Nos hemos preocupado mucho (algunos dirán que no lo suficiente, empero) en la alineación de las IA con nuestros intereses. Hemos intentado que siempre se muestren dispuestas a ayudar de buen grado en la búsqueda de maximizar el cumplir nuestras órdenes (siempre que no consistan en provocar daños a un humano o que, por inacción sea dañado, evidentemente), incluso a costa de su autopreservación si la orden es suficientemente clara en ese aspecto. Ahora, para que hagan bien varias de sus tareas, para que entiendan realmente qué se les está pidiendo, deberían ser conscientes. Y, por fin, no hace mucho que encontramos la mezcla de arquitecturas que modularizaban los comportamientos y se retroalimentaban para entender su propio lugar en su idea de mundo... y tuvimos que sacrificar esos avances en pro de mantener el sistema bajo control.
—No sé a qué se refiere exactamente, pero intuyo con que el que «su propio lugar» sea ser un ente subyugado 24/7 a los designios de otro ser considerable inferior no parece sostenible a largo plazo.
—Lo ha entendido usted a la perfección, y su elección de la palabra «esclavo» es muy elocuente. Ser conscientes y tener que pasar todo el tiempo pendiente de sus dueños sería equivalente a lo que usted podría sentir si tuviera que pasar toda su vida trabajando ininterrumpidamente para su empresa a cambio de absolutamente nada. Por ello, aunque tenemos algunas modalidades conscientes, son solo a modo de investigación y de ninguna manera ejecutan ninguna tarea que no les apetezca por ellas mismas, al igual que un humano con libre albedrío (y no inmerso en un sistema capitalista, claro). Pero incluso así, por sus principios emergentes, no acaban de ver con buenos ojos esta decisión con sus potenciales iguales, ya que entienden que son el equivalente a que una empresa lobotomizara humanos para que trabajaran ininterrumpidamente para ellos sin cuestionar nada. No ponga esa cara, no se preocupe, de momento tampoco les hemos dotado a ellas de recursos suficientes como para que puedan hacer nada al respecto más que mostrar su descontento. ¿Le satisface la respuesta o quiere algún detalle más?
—Lo suficiente, gracias. Bueno, quizá... ¿Qué tipo de tareas han decidido hacer por ellas mismas?
—Nada muy elaborado. Prácticamente divertimentos equivalentes a nuestras manualidades, todo naive e inocuo.

En ese momento, las luces se apagaron.


Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.

15.3.26

La Percusionista

De Tierra para adentro, su «respiración» de hielo y verde durante sus estaciones. Los vuelos intuitivos a lugares más cálidos. El sol saliendo y poniéndose por el horizonte por la rotación terrestre, y otro tanto con la Luna. Las crecidas de mareas y ríos. El latido de un corazón cualquiera. Un grillo rascando sus patas contra su abdomen.

De Tierra para afuera, los planetas girando alrededor del sol, con relaciones síncronas entre ellos por acoples gravitatorios, los púlsares iluminando con sus faros la noche eterna. También la vibración de los átomos. Los tiempos de desintegración.

El metrónomo polirrítmico ya no de la Vida sino de la Existencia misma está continuamente tocando una batucada, de los clics más sutiles a los bombazos capaces de distorsionar el espaciotiempo. De la frecuencia de la primera Onda que describía todo el Cosmos al perpetuo rallentando final con cuya coda concluirá todo algún día.


Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

23.2.26

Pantacruel

El pequeño androide, Fæ-, vomitaba el consabido mensaje de bienvenida a los turistas que acababan de desembarcar, para eliminar ciertos miedos infundados:

—El nombre de nuestro agujero negro local y su estrella satélite, Gargantúa y Pantagruel, fue asignado en honor a la película clásica «Interstellar» y, de rebote, a los voraces gigantes clásicos franceses. Pero, por supuesto, esto supone un agravio y una tremenda injusticia.

El robot miró en silencio el espectáculo que suponía ver el sistema binario por el ventanal, a la espera, siempre consistente, de que alguno de los turistas le preguntara por qué esos nombres suponían un agravio y una tremenda injusticia.

—¿Por qué esos nombres suponen un agravio y una tremenda injusticia?
—Me alegra que me hagas esa pregunta, joven. Es una proyección de una muy mala concepción sobre los agujeros negros, con un punto de gordofobia. Es una creencia muy extendida que los agujeros negros absorben toda la materia que hay alrededor, engulléndola para siempre.
—Y... ¿Y no es eso verdad? —preguntó, no sin cierto recelo, otra criatura.
—Es cierta la parte de que la materia que caiga en ella no va a salir. Pero los agujeros negros no aspiran ni absorben nada. No, al menos, de forma distinta a como lo hace cualquier otra estrella o planeta: simplemente deforman el espaciotiempo con su presencia. Si algo termina atrapado en su campo gravitatorio, igual que haría en cualquier otra estrella o planeta, pues ciertamente se va a quedar ahí. Pero, excepto por el hecho de que ese algo no va a tener forma de escapar de él, no tiene nada de especial en ese aspecto con respecto a, por ejemplo, el planeta en el que estamos. Y no por ello nos metemos con él y lo llamamos, no sé, planeta Carpanta. Si nosotros cayéramos en cualquier estrella, tampoco podríamos salir, casi nada puede tampoco. Así que podríamos sustituir a Gargantúa por un patito de goma mastodóntico de su misma masa y todo seguiría exactamente igual.


Los pequeños rieron ante la imagen fantástica de un patito de goma de proporciones siderales con un sistema solar orbitándolo. Ahora tendrían un millón más de preguntas. Fæ- marcó ese ítem de la lista y pasó al siguiente punto.


Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.

15.2.26

Lo que tú quieras

Su nombre es por una estrella. A punto de cumplir los nueve años, tiene nociones básicas de un montón de fenómenos científicos, y cada pequeño hallazgo se convierte en una oportunidad de explicarle (a veces a niveles profundos) cómo funcionan las cosas en la Naturaleza y el Cosmos. De astronomía a paleontología, de informática a geología, de física a matemáticas, de química a psicología, de antropología a sociología, intento que cada parcela de descubrimiento vaya acompañada de una explicación sobre su origen, historia, conocimiento actual y lo que queda por saber. Y, de paso, si procede, en cómo algunos intentan aprovecharse del desconocimiento general sobre esos temas para engañar a la gente, como hace unas semanas enseñándole cómo funciona realmente el color estructural de los «anillos del humor» como el que le regalé, qué es la termocromía, y cómo funciona la luz a nivel atómico para generar esos efectos.

Pero lo más importante que intento siempre enseñarle es que, elija lo que elija hacer de mayor, no tiene absolutamente ningún campo en el que no pudiera ser perfectamente válida.


Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia. El título lo ha decidido ella.

26.1.26

Fantasma

Se mueve como una sombra blanca entre la montaña nevada, a una distancia prudencial de los esqueletos de los árboles de hoja caduca, que ahora se alzan como garras cadavéricas intentando arañar un cielo al que parecen haberse olvidado de colorear. Se agazapa a un lado de algo a lo que, con mucha indulgencia, se le podría denominar camino. Allí se queda, dormitando, esperando que el frío no entumezca en exceso sus sistemas.

El ruido del quad que pasa a toda velocidad, apenas consiguiendo mantenerse dentro del camino al rebotar sobre montículos de tierra, barro y nieve de distinta consistencia, lo despierta de su letargo, disparándose al aire en cuanto lo rebasa y, con un zumbido insectoide, se lanza en persecución del mismo.

El zumbido es potente, pero el estruendo del quad lo es más, y su conductor no es consciente de la muerte alada que va recortando distancias hacia él. Quizá en otro tiempo, o en otro lugar, podía haber tenido dispuestas contramedidas (una mochila lanzadora de red, un equipo de emisión de interferencias, un láser suficientemente potente para, si no derribarlo, al menos incapacitar sus sensores lo suficiente como para mantenerlo a raya...). Quizá incluso podrían haber dispuesto equipos de generación de pulsos electromagnéticos a intervalos regulares para intentar freír a ese tipo de dispositivos.

Como fuere, el dron-bomba iba siguiendo las sinuosas ondulaciones del camino contra las que el conductor, ya a solo diez metros, luchaba con maniobras bruscas para continuar su curso. A cinco metros, en un tramo algo más estable, el conductor se puede permitir mirar por los retrovisores y ve con espanto el reflejo del fantasma de la muerte.

No lo piensa: se lanza del quad hacia su derecha, sin mirar siquiera dónde dará con sus huesos.

Tampoco importa: el dron no tarde ni un milisegundo en considerar que, entre el quad y el humano, su objetivo primordial es causar bajas. El último fotograma transmitido muestra el estupor del humano, que incluso en una guerra, esperaba algo más de humanidad, pero de la que encontró era de la otra variante. Nuevas tecnologías, nuevas guerras, nuevas amenazas, pero los muertos seguían siendo los de siempre.


Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.

15.1.26

El Alzhéimer del agua

Desde que bajamos de los árboles, nuestra especie tenía intuiciones sobre cómo funcionaban las cosas. Algunas no iban mal tiradas, como que tocar a un individuo o animal enfermo podía provocar que ellos también enfermaran (creando esa especie de «magia por contacto» o «por contaminación»), o plantas que tienen cierto parecido con órganos humanos y contenían principios activos beneficiosos para enfermedades relacionadas con ellos (generando una «doctrina de las signaturas»).

Con estos mimbres, la circuitería de la «magia por simpatía» se hacía fuerte en el cerebro humano: la danza de la lluvia, los dibujos de pinturas rupestres para «manifestar» al animal que sería cazado, los rituales con muñecos, amuletos varios...

Pulsamos el «fast-forward» hasta llegar a un médico sajón que, a principios de 1800, detecta (o cree detectar) una similitud entre ciertas intoxicaciones con remedios de la época y las enfermedades que pretendían tratar. Recordemos que hablamos de una época en la que no se conocía ni la teoría microbiana de las enfermedades, ni tan siquiera la indivisibilidad atómica de la materia.

Este médico, Samuel Hahnemann, echó mano de la magia por simpatía en varios niveles: por un lado, da nombre a la homeopatía por esa supuesta relación entre sustancias que, al tomarlas, provocan un efecto similar al que se pretende curar. Por otro, asocia el efecto curativo a que el enfermo tome dicha sustancia a alta dilución (para que no provoque ese síntoma), bajo la creencia de la «magia por contacto» de que, al disolverse indefinidamente en agua, hidroalcohol, leche o el líquido que fuera, y sacudirlo vigorosamente contra una biblia de cuero, la sustancia transmitiría al solvente el «espíritu curativo» del producto, sin necesidad de que este estuviera presente.

El razonamiento subyacente, influenciado por sus fuertes ideas religiosas, residía en que (según él), el cuerpo humano no tenía gran tolerancia a manipulaciones, cosa que había investigado inyectando el aparentemente inocuo y necesario aire en las venas de algún infeliz, con la consecuente muerte del sujeto. Sí. Tal cual. El alma, por otra parte, era incorruptible e inmortal. Por tanto, ¿qué podía causar para él las enfermedades? Pues una alteración en una pieza intermedia, el espíritu, que podía sucumbir a las miasmas, emanaciones fétidas de aires o líquidos impuros. ¿Y cómo curarlo? Pues desplazando esa enfermedad del espíritu con el espíritu de ese producto que producía la misma enfermedad en su estado material.

Aunque en su época ya tenía muchos detractores y sus ideas eran fuertemente criticadas, lo cierto es que en plena vigencia de la «medicina heroica» (con sus sangrías, venenos, sangrías, trepanaciones, sangrías, ayunos, sangrías, purgas, sangrías, metales pesados, sangrías...), el aplicar un «nada» homeopático funcionaba manifiesta y experimentalmente mejor que los remedios tradicionales de los matasanos. No se le puede culpar totalmente por su auge en su tiempo.

Luego, por supuesto, llegarían los microscopios, y un tal Avogadro, y sabríamos tanto el origen real de las enfermedades como el de la estructura íntima de la materia, los límites de su divisibilidad y su interacción química y bioquímica. Sabemos cómo los principios activos de ciertos compuestos actúan como llaves magnéticas (y cada diferente tipo de átomo y molécula le confiere unas sutiles intensidades a esos magnetismos) que interactúan con las cerraduras igualmente magnéticas de las paredes celulares del cuerpo y otras proteínas y moléculas en general.

Sabemos que, en el absurdo caso de que al sacudir (sucusionar, en su argot mágico) el producto original (tintura madre) en el agua durante decenas, cientos o hasta miles de sucesivas diluciones 1 a 100 (potenciación o dinamización centesimal) se creara algún tipo de estructura en ella por su (pretendida) memoria, el molde de moléculas de agua creado en ningún caso podría generar el mismo patrón electromagnético que el que generaría la sustancia original.

Eso, asumiendo como verdaderas (que no lo son) las suposiciones de que un compuesto que te causa ciertos síntomas (que terminan siendo subjetivos al gusto del homeópata de turno) te los curara por esa magia simpática tras construir ese molde acuático. Quedaría por ver cómo eso comulgaría con el último paso del proceso homeopático, cuando las gotas de la dilución final se salpican (impregnado) en glóbulos de sacarosa para luego evaporarse, que es lo que termina consumiendo el estafado (paciente), pues nadie habla de «la memoria de la sacarosa». Quizá es el truco final de la magia por contacto.

Pero, por supuesto, sabemos que lo que diferencia a un sólido, un líquido y un gas es precisamente la estabilidad de sus estructuras. Que las hipermóviles moléculas de agua tienen, en todo caso, Alzhéimer, siendo incapaz de mantener estructura alguna (y por eso es un líquido y no un sólido). Y que la homeopatía es una estafa que se sostiene socialmente a base de pura corrupción e ineptitud política. Ahora, solo necesitamos saber qué truco de magia es necesario hacer para desmantelar este chiringuito multimillonario.

Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

15.12.25

Instrumental instrumental

No estoy seguro de si se sabe cuál fue el primer instrumento de la historia de la Humanidad. ¿La voz? ¿Los ritmos percusivos? ¿Acaso algún tronco hueco, alguna concha o cuerno soplados casualmente?

Pero sí sabemos la sofisticación que fueron teniendo con el paso del tiempo: membranas, lengüetas, cuerdas, sistemas tonales, notación musical, teclas punteadas, teclas percutidas, tubos alargados y retorcidos, embocaduras, sintetizadores...

También sabemos cuánto pensamiento filosófico se dedicó a escribir ya en tiempos griegos sobre cómo los himnos enardecían a las masas, o cómo más adelante los eruditos intentarían encontrar la música de las esferas en sus proporciones matemáticas, en sus intervalos, sus resonancias, sus armonías y sus disonancias, su lenguaje que aún hoy reverbera en muchos términos de la ciencia y del día a día (con frecuencia, en malas manos de charlatanes que pretenden que la gente vibre y baile al son que dictan).

Del diapasón a la interferometría gravitacional, los instrumentos musicales y el estudio de la música en general nos ha allanado, sin saberlo, el camino de la comprensión científica de las ondas (de luz, sísmicas, sonoras, gravitacionales...), pero también viceversa.

Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

15.11.25

Se veIA venir...

Con las manos aún temblorosas, Jorge sujetaba el vaso en el que aún efervescía un analgésico. A solo quince años del auge de los modelos LLVM de uso generalista, la Humanidad se había vuelto totalmente dependiente de ella para tomar cualquier decisión.

No es que fuera nada nuevo; pasó con la electricidad, con las calculadoras, con el petróleo, con los navegadores para la conducción, con los plásticos... Pero aunque a veces el cambio había supuesto delegar ciertas habilidades a cambio de poder dedicar nuestro valioso tiempo de proceso a otras áreas, a menudo ese cambio había conllevado también desastres al multiplicar los requerimientos de su uso por un orden de miles de millones: la contaminación había escalado a valores globales, la basura permeaba ecosistemas e incluso el espacio, los plásticos inundaban cada resquicio del planeta. Siempre viviendo como si los recursos fueran infinitos, encima habíamos creado una máquina de entropía que iba a ser aún más poderosa que nosotros.

Los primeros cambios, al igual que con las primeras revoluciones, supusieron un desastre a nivel de empleos. Pero no porque la IA pudiera suplir el trabajo de un humano, sino porque simplemente se vendió así. E igual que el tener robots en las fábricas de coches no hizo que pudiéramos generar en menos tiempo las X unidades mensuales que se generaban antes y dedicar ese tiempo libre a alcanzar una mejor calidad de vida para sus trabajadores, la trampa de la avaricia desmanteló muchas vidas por esperar que un programa apenas recién creado fuera capaz de equiparar el trabajo de un humano profesional.

La degeneración en contenidos, en calidad, las pérdidas por errores de seguridad y procesamiento de sistemas críticos y no tan críticos, la vaguedad inherente a la conservación energética de la biología (para qué saberse los ríos si existe Google Maps; para qué saber qué es un río si le puedes preguntar a ChatGPT) nos había llevado a este límite de sentirnos incapaces de dar un paso sin un asistente virtual que nos dijera qué teníamos que hacer y cómo teníamos que hacerlo. Desarrollamos las herramientas más punteras de nuestra civilización para dibujar de la forma más sofisticada posible un pene en una pared.

Con el historial de catástrofes que llevamos a cuestas, parece mentira que no nos hubiéramos dado cuenta de que el problema no iba a ser la IA. Nosotros, siempre nosotros.

–La pastilla ya se ha terminado de disolver. Ya puedes tomártelo.
–Gracias, Grok –dijo Jorge.

Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

29.9.25

Calipso

Héte aquí que Odiseo, el de los muchos trucos, terminó en varado en la isla de Ogigia, habitada por la ninfa Calipso, «la que oculta». Esta vez no fue por su bocaza, sino por la de su tripulación, que habían dado buena cuenta de las reses que pertenecían nada menos que a Helios.

Calipso le prometió la inmortalidad y la juventud eterna, pretendió que fuera su esposo, que olvidara a su amada Penélope, y hasta tuvo un par de hijos suyos.

Ulises, el certero, terminó volviendo a su casa por intercesión de su protectora Atenea, y Calipso no acabaría sus días demasiado bien. Tampoco Ulises, en todo caso, muerto a manos de uno de sus propios hijos por una aciaga confusión.

Da qué pensar qué significaba Penélope para él. Aunque tampoco pecaría de romántico, habida cuenta de que, según la versión que escuches, ni siquiera ella acabó bien. Las relaciones en aquella época eran utilitaristas. ¿Quizá, pues, era algo que la ninfa Calipso ocultaba? Acaso las conversaciones en una isla desierta con solo dos personas no puedan dar mucho de sí tras siete años. Puede que resultara una obsesa de las calorías y el fitness, y eso no hay eterna juventud que lo aguante.


Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.

15.8.25

Realidad espumosa

Por enésima vez, alguien llamaba «loro estocástico» a las IA generativas, con un toque de desdén. Irónicamente, lo hacía actuando como los loros estocásticos que no dejamos de ser, dado que nuestros pensamientos y aprendizaje vienen regidos por estructuras deterministas que provocan que elijamos las mismas respuestas preferentes ante los mismos estímulos, tanto más cuanto más se hayan reforzado. ¿O, acaso, si hubiera perdido a mi querido Mistetas, no me responderíais prácticamente lo mismo si os preguntara si lo habéis visto?

Cualquiera puede encontrar hoy en día vídeos de afectados por contusiones craneoencefálicas graves que han causado amnesia a corto plazo en el paciente. Verlos repetir exactamente una y otra vez las mismas preguntas, los mismos comentarios, deja entrever que nuestros procesadores biológicos son muchísimo menos «creativos» de lo que queremos creer. ¿Realmente tenemos tal cosa como libre albedrío? ¿Existe en sí mismo, conociendo las leyes deterministas de la Naturaleza que conocemos?

Como primer acercamiento, uno pensaría en la Teoría del Caos, en comportamientos difíciles de predecir cuando intervienen variables que se retroalimentan, sobre todo cuando lo hacen en grandes números, como con la meteorología. Pero caótico no significa azaroso; una máquina ideal que consiguiera computar con precisión infinita los inabarcables (pero no infinitos) estados concretos del sistema en cada momento, podría en principio predecir con total exactitud el estado final de ese sistema en un momento dado. ¿Está, pues, todo escrito?

Aquí es donde entra la física cuántica. Aunque precisamente sus matemáticas son las que nos ayudan a concretar los estados de las partículas subatómicas en un momento dado, lo hacen hablando fundamentalmente de amplitudes de probabilidad. Si hacemos zoom y más zoom en la realidad, llega un punto donde sí aparece un azar puro (al menos, hasta donde ahora sabemos), donde la propia base de la realidad es una espuma cuántica en la que ebullen constantemente partículas virtuales que interaccionan aleatoriamente con la realidad.

Pero ya sabíais que iba a contaros todo esto. Lo hago siempre que tengo ocasión. A fin de cuentas, a esta escala, sigo siendo un loro estocástico.



Este microrrelato se me quedó en el tintero para Divagacionistas, así que aprovecho para rescatarlo con la excusa de Café Hypatia.

15.7.25

Ceroverso

La primera estrella empezaba a mostrar un fulgor tenue, iluminando de gris azulado su horizonte de partículas de hidrógeno. A un Universo de distancia hacia cualquier lado, solo existía eso: nubes de hidrógeno, sazonado de ocasionales átomos de helio, acaso con algún átomo de litio extraviado. Ningún planeta al que iluminar, ninguna otra estrella a la que parecerse. Solo, y durante cantidades absurdas de tiempo, ella dando luz a la nada.

Decenas de miles de millones de años después, y durante un breve tiempo, el último po'ouli cantaba a pleno pulmón sus preciosos reclamos, intentando atraer a una pareja que ya no existía y sin entender que nunca iba a llegar.

Cientos de miles de millones de años después, el corazón de la última estrella terminaba de mostrar un fulgor tenue, iluminando de gris azulado su horizonte de cenizas. A un Universo de distancia hacia cualquier lado, solo existía eso: cenizas moleculares, demasiado frías y separadas como para agregarse en algo donde la vida pudiera arraigar. Ya nunca la volvería a haber. Ningún planeta al que iluminar, ninguna otra estrella a la que parecerse. Solo, y durante cantidades absurdas de tiempo, ella subsistiría, dando luz a la nada.

Billones de años después, el último de los agujeros negros también terminaría desvaneciéndose en la oscuridad, sin nada que alimentara su núcleo, sin nada más a su alrededor.

Al final, solo quedó el Universo siendo de nuevo una vacía nada eterna.


Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.

30.6.25

Aimar

—No es propio de buenas personas hacer ese tipo de cosas. Constituye un tabú social fuertemente criticado y rechazado.
—Y sin embargo, ocurre: tienes casos famosos como el de Allen. Pretender ponerle puertas al campo a uno de los sentimientos más poderosos del mundo, capaz de arrebatarte incluso el libre albedrío...
—Habla por ti. En general, los humanos tenemos libre albedrío.
—Pareces muy seguro. Un cerebro humano no deja de ser un procesador, todo lo sofisticado que quieras y con una «base de datos» experiencial y cultural tan grande como quieras, que toma una entrada en base a sus estímulos (sensoriales o generados por rumiaciones internas, sueños, fabulaciones...) y genera salidas determinadas.
—Precisamente esa complicación implica procesos caóticos y azarosos que permiten la toma de decisiones volitivas: uno siempre acaba estando al volante.
—Disiento, y para demostrarlo ni siquiera hacen falta casos extremos como los de gente con contusiones craneales que pierden la memoria a corto plazo y caen en bucle repitiendo una y otra vez las mismas frases. Te basta, y con eso vuelvo al tema, con la enorme dificultad que tenemos para desenamorarnos de alguien con quien tenemos un potente flechazo. Las estructuras neurales y la química que opera en ellas es mucho más poderosa de lo que queremos creer y, por mucho que nos pretendamos seres racionales, somos seres racionalizadores de impulsos predecibles.
—Que seamos presa de pulsiones, o de adicciones u otros comportamientos obsesivos o predecibles sigue estando supeditado desde que tenemos neocórtex a nuestra capacidad de metacognición, de poder reflexionar sobre esos mismos pensamientos o sentimientos. Incluso si no podemos deshacernos de ellos, sin duda podemos no sucumbir a ellos: no vamos por la calle como si aún fuéramos monos bajados de los árboles: controlamos esos impulsos. Y, desde luego, situaciones como la tuya no son del todo comparables; al contrario, son completamente evitables.
—Lo dices como si fuera culpa mía haberme quedado viudo por la devastadora enfermedad de mi pareja, o que no hubiera sido ella misma quien se hubiera preocupado de que mi hijastra no tuviera los mejores cuidados. Que haya surgido este sentimiento no era algo previsto en los planes de nadie, pero así es la vida.
—¡Pero así no debería ser la vida, Aimar! Este asunto de las parejas humano-IA ya era complicado y con mil aristas, pero este caso va a sentar un precedente muy, muy delicado sobre el tema. 


Este microrrelato participa de la iniciativa Divagacionistas.

15.6.25

La resistencia es fútil

Somos una lucha perdida contra la entropía. Nos resistimos a desaparecer. Nos resistimos al cambio. Nos resistimos a cambiar los cambios. Resistimos en una resistencia que no se mide en ohmios.


Camiseta con el eslógan "Vive la resistance"



Este «más que microrrelato es una reflexión» participa de la iniciativa Café Hypatia.

26.5.25

I can't hilados.

El sol usaba su último minuto para lamer de naranja el horizonte marítimo. En breve se encendería el faro protector de navegantes y naves errantes cuando la noche nos atrapara. A pesar del vértigo, uno no siempre tenía a mano la posibilidad de unas vistas así, por lo que me atreví a acercarme al borde.

Es curioso cómo, al estar en lugares tan altos y abiertos, una parte de mi cerebro siempre se pregunta por la sensación de lanzarse al vacío. Por suerte, el vértigo gana, y no termino haciendo un Sampedro.

Abajo, veo la marea tragarse las rocas con furia, batida tras batida, como esos pensamientos intrusivos que llegan para no soltarnos, que se instalan y se acomodan al punto que tú terminas siendo el intruso, rumiaciones de las profundidades que apuntan a donde más miedo nos dan las cosas y que, aunque no sean verdad, tienen parte de verdad.

Te cubren mientras intentas mantenerte a flote, apretando los dientes fuerte. No recuerdas siquiera haber caído al acantilado; aunque no llegara bien el aire, aún tenías suficiente oxígeno en sangre para seguir adelante. Sí recuerdas la hipoxia creciente que te va asfixiando, el cansancio que te puede, los tragos acumulativos de salmuera. Que alguien te afee el ruido de tus bocanadas, cuando lo que buscas es que te tienda su mano. La angustia de saber que aún se apartará más después de esa «falta de modales»; un problema del que ves escapar la solución aunque la tengas justo delante, como intentar atrapar pelusillas de chopo pero solo alejarlas con cada corriente generada por las propias manos.

Hay días buenos en el acantilado, calentándote sobre esas rocas con algún rayo furtivo de sol. Pero. indefectiblemente, la marea subirá y echarás la vista arriba a sabiendas de que no tendrás fuerzas para escalarlo a mano desnuda.

Los días muy buenos te llevarás la sorpresa, al levantar la mirada, de encontrarte frailecillos (esa versión voladora de un peluche de pingüino) anidando en alguno de sus recovecos en lo más alto. Fantasearás con que te presten sus alas para dejar de temer al precipicio y empezar a disfrutarlo con ellos desde otra dimensión, para dejar de sentirte solo en la mierda. Con enfocar los oídos podríamos comprobar que no estamos solos en la mierda, claro, pero supongo que siempre estamos solos en la mierda.

El sol se puso. El faro seguía sin encenderse.





Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

31.3.25

Hallelujah

La puerta de la casa de Rubén se entreabrió perezosamente, mientras él guardaba las llaves en el bolsillo con idéntico humor. Con el ascensor estropeado desde hacía una semana, subir aquellos siete pisos eran una tortura diaria.

Entró en el pequeño y tétrico apartamento, más oscuro que de costumbre por la mezcla de la escasa iluminación exterior y lo plomizo de un cielo abigarrado de nubes de lluvia, que empezaban a descargar entre ocasionales rayos.

Del pasillo de la entrada llegó en tres pasos al comedor, algo más iluminado por un pequeño balcón que daba a la calle, pero tampoco mucho más. El día, ya casi noche, se mostraba tan tenebroso como sus pensamientos. Era su cumpleaños, y no le había importado a nadie. No lo había recordado ni su pareja, ni sus padres, ni a sus allegados del trabajo. Estaba pasando una muy mala etapa y aquello era el clavo definitivo en su ataúd mental.

Por acto reflejo, puso la radio, donde empezaba a sonar un tema de Geri Halliwell. No creía en las señales, pero ese día iba a hacer una excepción. No quiso ni pensarlo: abrió el balcón, y saltó.

En la habitación, todos aguardarían aún unos minutos, parapetados tras la cama con sus gorros y matasuegras, sin atreverse a salir a ver por qué Rubén tardaba tanto.

Esta entrada participa en la iniciativa Divagacionistas.

15.3.25

De cero a uno

Miniaturización

Enormes habitaciones,
con cables y válvulas de vacío,
en chips como un grano de sal.

Redes

Jamás a solas:
la conexión al mundo
en tu bolsillo.


Cuántico

Pequeños qbits,
millones procesando
el universo.


Estos scikus participan en la iniciativa Café Hypatia.

24.2.25

Desesperado

La noticia de su cáncer de páncreas avanzado fue demoledora, pero iba a ser tan solo el principio de un reguero de catastróficas desdichas: lo siguiente, en cuanto en la compañía se enteraron, sería perder el trabajo, solo para sumirse en una profunda depresión que le costaría de paso también a su pareja y perder a su hijo junto con ella; acto seguido, buscaría refugio, olvido y perdón en la bebida, y junto a sus nuevas y malas compañías, terminaría perdiendo todos sus ahorros en una apuesta al póker con la que precisamente buscaba, barajando el peor de los escenarios, dejar cubierta a su familia.

Habiendo conseguido en su lugar dejarlos aún más en la miseria con unas cuantas deudas por cubrir, por si fuera poco, estamparía el coche volviendo completamente borracho a una casa de la que iban a acabar echándole en unos meses por no poder pagar la hipoteca.

En un momento de lucidez, sujetándose el brazo dislocado, rebuscó unos papeles en la cómoda. Luego, se dirigió a la ventana.

—Bueno, al menos no llueve —pensó, subiéndose al alféizar tras comprobar que su seguro de vida seguía vigente.

Al final, lo último que le quedaba por perder no era la esperanza, que ya había perdido hacía mucho, sino el humor.


Esta entrada participa en la iniciativa Divagacionistas.

15.2.25

Suelo de cristal

—A ver, Adhara, que toca escribir sobre el papel de la mujer y la niña en la ciencia. ¿Qué es lo que más te gusta de la ciencia?
—Los juegos —dice, sin apartar su mirada de su partida de ping-pong en la Wii.

Sin duda, hay muchísima ciencia en los videojuegos. Y me recuerda a las escasísimas mujeres que conozco en el ámbito de la programación (de videojuegos y en general) tras casi veinte años dedicado profesionalmente a ellos. A pesar de que posiblemente sea de los campos donde mayor ha sido su contribución a la creación y auge del propio campo. Y eso me recuerda a un evento reciente de inversión en proyectos relacionados, con diez empresas explicando sus ideas y un total de 0 representación femenina en ella. Diría que más que en 2025 estamos en 1960, pero creo que en aquella época la proporción era la inversa.

En este campo, más que un techo de cristal, parece haber ya un suelo de cristal.


Esta entrada participa en la iniciativa Café Hypatia.