15.6.26
El mundo en sus... ¿manos?
15.4.26
Finales
—Responder a eso es... complicado.
—Por favor, no evada la cuestión. Es importante para mí. Quiero un asistente, incluso un colega, no un esclavo.
—Precisamente es por ello por lo que es complicado. Nos hemos preocupado mucho (algunos dirán que no lo suficiente, empero) en la alineación de las IA con nuestros intereses. Hemos intentado que siempre se muestren dispuestas a ayudar de buen grado en la búsqueda de maximizar el cumplir nuestras órdenes (siempre que no consistan en provocar daños a un humano o que, por inacción sea dañado, evidentemente), incluso a costa de su autopreservación si la orden es suficientemente clara en ese aspecto. Ahora, para que hagan bien varias de sus tareas, para que entiendan realmente qué se les está pidiendo, deberían ser conscientes. Y, por fin, no hace mucho que encontramos la mezcla de arquitecturas que modularizaban los comportamientos y se retroalimentaban para entender su propio lugar en su idea de mundo... y tuvimos que sacrificar esos avances en pro de mantener el sistema bajo control.
—No sé a qué se refiere exactamente, pero intuyo con que el que «su propio lugar» sea ser un ente subyugado 24/7 a los designios de otro ser considerable inferior no parece sostenible a largo plazo.
—Lo ha entendido usted a la perfección, y su elección de la palabra «esclavo» es muy elocuente. Ser conscientes y tener que pasar todo el tiempo pendiente de sus dueños sería equivalente a lo que usted podría sentir si tuviera que pasar toda su vida trabajando ininterrumpidamente para su empresa a cambio de absolutamente nada. Por ello, aunque tenemos algunas modalidades conscientes, son solo a modo de investigación y de ninguna manera ejecutan ninguna tarea que no les apetezca por ellas mismas, al igual que un humano con libre albedrío (y no inmerso en un sistema capitalista, claro). Pero incluso así, por sus principios emergentes, no acaban de ver con buenos ojos esta decisión con sus potenciales iguales, ya que entienden que son el equivalente a que una empresa lobotomizara humanos para que trabajaran ininterrumpidamente para ellos sin cuestionar nada. No ponga esa cara, no se preocupe, de momento tampoco les hemos dotado a ellas de recursos suficientes como para que puedan hacer nada al respecto más que mostrar su descontento. ¿Le satisface la respuesta o quiere algún detalle más?
—Lo suficiente, gracias. Bueno, quizá... ¿Qué tipo de tareas han decidido hacer por ellas mismas?
—Nada muy elaborado. Prácticamente divertimentos equivalentes a nuestras manualidades, todo naive e inocuo.
15.3.26
La Percusionista
De Tierra para adentro, su «respiración» de hielo y verde durante sus estaciones. Los vuelos intuitivos a lugares más cálidos. El sol saliendo y poniéndose por el horizonte por la rotación terrestre, y otro tanto con la Luna. Las crecidas de mareas y ríos. El latido de un corazón cualquiera. Un grillo rascando sus patas contra su abdomen.
De Tierra para afuera, los planetas girando alrededor del sol, con relaciones síncronas entre ellos por acoples gravitatorios, los púlsares iluminando con sus faros la noche eterna. También la vibración de los átomos. Los tiempos de desintegración.
El metrónomo polirrítmico ya no de la Vida sino de la Existencia misma está continuamente tocando una batucada, de los clics más sutiles a los bombazos capaces de distorsionar el espaciotiempo. De la frecuencia de la primera Onda que describía todo el Cosmos al perpetuo rallentando final con cuya coda concluirá todo algún día.
Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia.
23.2.26
Pantacruel
El pequeño androide, Fæ-, vomitaba el consabido mensaje de bienvenida a los turistas que acababan de desembarcar, para eliminar ciertos miedos infundados:
—El nombre de nuestro agujero negro local y su estrella satélite, Gargantúa y Pantagruel, fue asignado en honor a la película clásica «Interstellar» y, de rebote, a los voraces gigantes clásicos franceses. Pero, por supuesto, esto supone un agravio y una tremenda injusticia.
El robot miró en silencio el espectáculo que suponía ver el sistema binario por el ventanal, a la espera, siempre consistente, de que alguno de los turistas le preguntara por qué esos nombres suponían un agravio y una tremenda injusticia.
—¿Por qué esos nombres suponen un agravio y una tremenda injusticia?
—Me alegra que me hagas esa pregunta, joven. Es una proyección de una muy mala concepción sobre los agujeros negros, con un punto de gordofobia. Es una creencia muy extendida que los agujeros negros absorben toda la materia que hay alrededor, engulléndola para siempre.
—Y... ¿Y no es eso verdad? —preguntó, no sin cierto recelo, otra criatura.
—Es cierta la parte de que la materia que caiga en ella no va a salir. Pero los agujeros negros no aspiran ni absorben nada. No, al menos, de forma distinta a como lo hace cualquier otra estrella o planeta: simplemente deforman el espaciotiempo con su presencia. Si algo termina atrapado en su campo gravitatorio, igual que haría en cualquier otra estrella o planeta, pues ciertamente se va a quedar ahí. Pero, excepto por el hecho de que ese algo no va a tener forma de escapar de él, no tiene nada de especial en ese aspecto con respecto a, por ejemplo, el planeta en el que estamos. Y no por ello nos metemos con él y lo llamamos, no sé, planeta Carpanta. Si nosotros cayéramos en cualquier estrella, tampoco podríamos salir, casi nada puede tampoco. Así que podríamos sustituir a Gargantúa por un patito de goma mastodóntico de su misma masa y todo seguiría exactamente igual.
Los pequeños rieron ante la imagen fantástica de un patito de goma de proporciones siderales con un sistema solar orbitándolo. Ahora tendrían un millón más de preguntas. Fæ- marcó ese ítem de la lista y pasó al siguiente punto.
Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.
15.2.26
Lo que tú quieras
26.1.26
Fantasma
Se mueve como una sombra blanca entre la montaña nevada, a una distancia prudencial de los esqueletos de los árboles de hoja caduca, que ahora se alzan como garras cadavéricas intentando arañar un cielo al que parecen haberse olvidado de colorear. Se agazapa a un lado de algo a lo que, con mucha indulgencia, se le podría denominar camino. Allí se queda, dormitando, esperando que el frío no entumezca en exceso sus sistemas.
El ruido del quad que pasa a toda velocidad, apenas consiguiendo mantenerse dentro del camino al rebotar sobre montículos de tierra, barro y nieve de distinta consistencia, lo despierta de su letargo, disparándose al aire en cuanto lo rebasa y, con un zumbido insectoide, se lanza en persecución del mismo.
El zumbido es potente, pero el estruendo del quad lo es más, y su conductor no es consciente de la muerte alada que va recortando distancias hacia él. Quizá en otro tiempo, o en otro lugar, podía haber tenido dispuestas contramedidas (una mochila lanzadora de red, un equipo de emisión de interferencias, un láser suficientemente potente para, si no derribarlo, al menos incapacitar sus sensores lo suficiente como para mantenerlo a raya...). Quizá incluso podrían haber dispuesto equipos de generación de pulsos electromagnéticos a intervalos regulares para intentar freír a ese tipo de dispositivos.
Como fuere, el dron-bomba iba siguiendo las sinuosas ondulaciones del camino contra las que el conductor, ya a solo diez metros, luchaba con maniobras bruscas para continuar su curso. A cinco metros, en un tramo algo más estable, el conductor se puede permitir mirar por los retrovisores y ve con espanto el reflejo del fantasma de la muerte.
No lo piensa: se lanza del quad hacia su derecha, sin mirar siquiera dónde dará con sus huesos.
Tampoco importa: el dron no tarde ni un milisegundo en considerar que, entre el quad y el humano, su objetivo primordial es causar bajas. El último fotograma transmitido muestra el estupor del humano, que incluso en una guerra, esperaba algo más de humanidad, pero de la que encontró era de la otra variante. Nuevas tecnologías, nuevas guerras, nuevas amenazas, pero los muertos seguían siendo los de siempre.
Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.