15.6.26

El mundo en sus... ¿manos?

—Se podría decir que, a menudo, cuando soñamos estamos recreando situaciones que hemos vivido recientemente, o nos enfrentamos a retos que nos preocupan, a modo de entrenamiento, para averiguar qué eventos podrían desatarse si hiciéramos tal o cual cosa, si dijéramos tal o cual palabra.

Desde el suelo, medio desmadejado, el androide miró a su entrenador. No hizo ningún gesto de que estuviera escuchando, pero procesaba con toda su potencia el discurso que le llegaba, analizando cada subimplicación de la elección de cada palabra, de cada estructura, en relación al conjunto entero.

—Por supuesto, en ese sueño no hay nada que tenga que ser necesariamente real: por ello volamos y viajamos por el Universo y nos teletransportamos y nos movemos por geometrías no euclídeas, o nos aparecen partes del cuerpo inexistentes o nos desaparecen otras, confrontándonos a veces a situaciones que parecen sacadas de películas de body-horror.

El androide se autoexaminó visualmente, aunque no lo necesitaba para saber su estado: durante la caída, había perdido la conectividad con los actuadores y sensores de sus extremidades laterales izquierdas. En todo caso, constató que donde solía haber un antebrazo y una pierna, ahora había un montón de cables sueltos escapando de entre los huecos caóticos de chatarra retorcida. Volvió la vista a su entrenador.

—Pero, por lo general, los sueños nos mantienen dentro de unas reglas bastante consistentes con las que experimentamos cuando estamos despiertos: hay gravedad, los líquidos mojan, las cosas no se intersectan arbitrariamente, los materiales reflejan la luz con respecto a sus propiedades físicas, los objetos se comportan como esperaríamos de ellos.

El androide revisó el resto de su entorno: la parte del accidentado suelo pedregoso sobre la que había aterrizado, en el cauce de un río cercano, cuyas salpicaduras humedecían las rocas, volviendo aún más difícil si cabe la situación.

—Así que no es descabellado usar estos sueños, incluso con aberraciones en las variables más básicas, para poner a prueba nuestras destrezas ante la misión de intentar conseguir algo. No tiene por qué ser algo complicadísimo: puede ser tan simple como intentar levantarnos tras un resbalón. Puedes practicar gratis y fallar sin consecuencias tantas veces como quieras, de forma que, si te tuvieras que enfrentar a ello en la vida real, el aprendizaje obtenido de esa experiencia te sería relativamente útil, y tanto más útil cuanto mejor sea el modelo del mundo que tu cerebro ha conseguido soñar. Claro que en el caso de un robot lo llamaríamos «simular», probablemente.

El androide se abrazó el pecho con el brazo funcional. Con un movimiento imposible para un humano, hizo lo propio con la pierna. Los extendió con fuerza y los encogió de nuevo, buscando proporcionarle una inercia angular a su cuerpo que le permitiera ponerse de lado. Las piedras resbalaban, y los rotores no consiguieron el impulso exacto hasta el sexto intento. Con dos empujones más, logró sostenerse con el pie y la pierna en el suelo y el cuerpo al aire, ofreciendo al sol del atardecer la silueta de una especie de camello dibujado por Dalí mezclado con un AT-AT de Star Wars. Inclinando espasmódicamente cintura y miembros, empezó a conseguir moverse. Al principio, de forma bastante ruda y con varias caídas implicadas. Al cabo de diez millones de iteraciones, de forma bastante solvente.

En total, habían pasado dos segundos en tiempo real, aunque el androide llevaba varias semanas de tiempo virtual practicando lo que debía hacer. Abandonó el modo de simulación, y se abrazó el pecho con el brazo y pierna funcionales: era imperativo llegar hasta el humano que viajaba con él en el momento del ataque, para poderlo auxiliar.



Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.