Lo conocí en Castellón en una party de las que se estilaban hace veinte años, organizada por una asociación universitaria, ADITEL, en la que nos dedicábamos a promover el Software Libre, explicando a los curiosos en qué consistía, ayudando a los primerizos a instalar sus primeras distribuciones (esto era antes de la magia de Knoppix y ni hablemos de Ubuntus y similares), y dando charlas y talleres sobre sus herramientas, trucos, avances...
Yo mismo me inicié allí con una Debian, sintiéndome hacker desde el momento en el que empezaba aquella consola de colorines a sacar información críptica sobre módulos de kernel que quisieras seleccionar o no para ajustar la distribución a lo mínimo real e imprescindible que necesitara tu equipo, revitalizando una máquina que llevaba tiempo muriéndose con el Windows Millenium o lo que fuera que hubiera por la época.
Ya habíamos organizado unas cuantas parties, iban saliendo casi redondas, y los organizadores nos vinimos arriba y pensamos en invitar directamente a alguno de los Popes máximos. Como quiera que alguno de los organizadores ya tenía su contacto de las arcanas Hispalinux que se celebraban en Madrid, le mandamos un correo y, para nuestra sorpresa, aceptó sin problemas. Gestionamos el viaje, y de repente teníamos a Richard Stallman en la UJI, comentándonos la ya mítica historia de cómo se le atascaba la impresora Xerox, ocasionándole grandes pérdidas de tiempo por no tener una gestión de errores apropiada, y cómo se dio contra un muro al pedir el código fuente para implementar él mismo una gestión más apropiada para su controlador.
Conocer esa historia es distinto a que te la cuente de primera mano un señor descalzo sentado en el suelo con un aire beatífico, un hippie a medio camino entre Buda y Bob el Silencioso, que iba con una flauta dulce (no estoy seguro de estar inventándome esa parte del recuerdo) y un séquito constante de gente interesada en lo que pudiera decir. Y bastantes latas de cerveza, si tampoco recuerdo mal.
Saber las «Cuatro libertades del Software» es distinto a que te la cuente la mente que las pergeñó, y que básicamente consisten en la libertad de saber, de explorar, de trastear, de compartir: Poder ejecutar lo que quieras para lo que quieras; poder ver cómo está hecho el programa y cambiarlo (lo que requiere tener acceso al código fuente del mismo); poder compartir el programa original con quien quieras; y poder distribuir también cualquier modificación que hagas. Para ello creó la licencia GNU (General Public License) como plasmación de esa filosofía, jugando con el nombre recursivamente (GNU is Not Unix) para destacar su contraposición al sistema Unix imperante en los servidores de la época y que tantos dolores de cabeza le dio. Esta licencia debía ser viral para cualquier software originado a partir de Software Libre.
En su origen, él y la Free Software Foundation fueron desarrollando un corpus de herramientas que debían funcionar sobre un sistema operativo, pero el que tenían no llegaba a cuajar. Hasta que un finlandés con más pinta y cerebro de informático estándar decidió crear uno por su cuenta, similar a Unix, lo llamó Linux (también como juego de palabras con su nombre, Linus Torvalds) y decidió adoptar la licencia GPL, lo cual ocasionó la rápida adopción por parte de la comunidad de su «juguete».
Tengo entendido, aunque no me he metido mucho en ello, que ambos se llevaban o se llevan bastante mal: Stallman insistiendo en que el conjunto debería llamarse GNU-Linux y no debería permitir que se usara con software privativo; Torvalds pensando que Stallman era un idealista radical que se pasaba con sus sermones y que, pese al mérito de Stallman, el pragmatismo de una tecnología superior era la clave de su éxito.
Como fuere, gracias a ese combo tenemos hoy en día el riquísimo ecosistema actual de distribuciones libres (y no tan libres) de que disfrutamos por doquier.
Otro día hablaré de mi tándem científico español favorito, el trío de Santiago, Ramón y Cajal.
Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.