15.7.26

Tándem fiesta

Lo conocí en Castellón en una party de las que se estilaban hace veinte años, organizada por una asociación universitaria, ADITEL, en la que nos dedicábamos a promover el Software Libre, explicando a los curiosos en qué consistía, ayudando a los primerizos a instalar sus primeras distribuciones (esto era antes de la magia de Knoppix y ni hablemos de Ubuntus y similares), y dando charlas y talleres sobre sus herramientas, trucos, avances...

Yo mismo me inicié allí con una Debian, sintiéndome hacker desde el momento en el que empezaba aquella consola de colorines a sacar información críptica sobre módulos de kernel que quisieras seleccionar o no para ajustar la distribución a lo mínimo real e imprescindible que necesitara tu equipo, revitalizando una máquina que llevaba tiempo muriéndose con el Windows Millenium o lo que fuera que hubiera por la época.

Ya habíamos organizado unas cuantas parties, iban saliendo casi redondas, y los organizadores nos vinimos arriba y pensamos en invitar directamente a alguno de los Popes máximos. Como quiera que alguno de los organizadores ya tenía su contacto de las arcanas Hispalinux que se celebraban en Madrid, le mandamos un correo y, para nuestra sorpresa, aceptó sin problemas. Gestionamos el viaje, y de repente teníamos a Richard Stallman en la UJI, comentándonos la ya mítica historia de cómo se le atascaba la impresora Xerox, ocasionándole grandes pérdidas de tiempo por no tener una gestión de errores apropiada, y cómo se dio contra un muro al pedir el código fuente para implementar él mismo una gestión más apropiada para su controlador.

Conocer esa historia es distinto a que te la cuente de primera mano un señor descalzo sentado en el suelo con un aire beatífico, un hippie a medio camino entre Buda y Bob el Silencioso, que iba con una flauta dulce (no estoy seguro de estar inventándome esa parte del recuerdo) y un séquito constante de gente interesada en lo que pudiera decir. Y bastantes latas de cerveza, si tampoco recuerdo mal.

Saber las «Cuatro libertades del Software» es distinto a que te la cuente la mente que las pergeñó, y que básicamente consisten en la libertad de saber, de explorar, de trastear, de compartir: Poder ejecutar lo que quieras para lo que quieras; poder ver cómo está hecho el programa y cambiarlo (lo que requiere tener acceso al código fuente del mismo); poder compartir el programa original con quien quieras; y poder distribuir también cualquier modificación que hagas. Para ello creó la licencia GNU (General Public License) como plasmación de esa filosofía, jugando con el nombre recursivamente (GNU is Not Unix) para destacar su contraposición al sistema Unix imperante en los servidores de la época y que tantos dolores de cabeza le dio. Esta licencia debía ser viral para cualquier software originado a partir de Software Libre.

En su origen, él y la Free Software Foundation fueron desarrollando un corpus de herramientas que debían funcionar sobre un sistema operativo, pero el que tenían no llegaba a cuajar. Hasta que un finlandés con más pinta y cerebro de informático estándar decidió crear uno por su cuenta, similar a Unix, lo llamó Linux (también como juego de palabras con su nombre, Linus Torvalds) y decidió adoptar la licencia GPL, lo cual ocasionó la rápida adopción por parte de la comunidad de su «juguete».

Tengo entendido, aunque no me he metido mucho en ello, que ambos se llevaban o se llevan bastante mal: Stallman insistiendo en que el conjunto debería llamarse GNU-Linux y no debería permitir que se usara con software privativo; Torvalds pensando que Stallman era un idealista radical que se pasaba con sus sermones y que, pese al mérito de Stallman, el pragmatismo de una tecnología superior era la clave de su éxito.

Como fuere, gracias a ese combo tenemos hoy en día el riquísimo ecosistema actual de distribuciones libres (y no tan libres) de que disfrutamos por doquier.

Otro día hablaré de mi tándem científico español favorito, el trío de Santiago, Ramón y Cajal.


Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.

15.6.26

El mundo en sus... ¿manos?

—Se podría decir que, a menudo, cuando soñamos estamos recreando situaciones que hemos vivido recientemente, o nos enfrentamos a retos que nos preocupan, a modo de entrenamiento, para averiguar qué eventos podrían desatarse si hiciéramos tal o cual cosa, si dijéramos tal o cual palabra.

Desde el suelo, medio desmadejado, el androide miró a su entrenador. No hizo ningún gesto de que estuviera escuchando, pero procesaba con toda su potencia el discurso que le llegaba, analizando cada subimplicación de la elección de cada palabra, de cada estructura, en relación al conjunto entero.

—Por supuesto, en ese sueño no hay nada que tenga que ser necesariamente real: por ello volamos y viajamos por el Universo y nos teletransportamos y nos movemos por geometrías no euclídeas, o nos aparecen partes del cuerpo inexistentes o nos desaparecen otras, confrontándonos a veces a situaciones que parecen sacadas de películas de body-horror.

El androide se autoexaminó visualmente, aunque no lo necesitaba para saber su estado: durante la caída, había perdido la conectividad con los actuadores y sensores de sus extremidades laterales izquierdas. En todo caso, constató que donde solía haber un antebrazo y una pierna, ahora había un montón de cables sueltos escapando de entre los huecos caóticos de chatarra retorcida. Volvió la vista a su entrenador.

—Pero, por lo general, los sueños nos mantienen dentro de unas reglas bastante consistentes con las que experimentamos cuando estamos despiertos: hay gravedad, los líquidos mojan, las cosas no se intersectan arbitrariamente, los materiales reflejan la luz con respecto a sus propiedades físicas, los objetos se comportan como esperaríamos de ellos.

El androide revisó el resto de su entorno: la parte del accidentado suelo pedregoso sobre la que había aterrizado, en el cauce de un río cercano, cuyas salpicaduras humedecían las rocas, volviendo aún más difícil si cabe la situación.

—Así que no es descabellado usar estos sueños, incluso con aberraciones en las variables más básicas, para poner a prueba nuestras destrezas ante la misión de intentar conseguir algo. No tiene por qué ser algo complicadísimo: puede ser tan simple como intentar levantarnos tras un resbalón. Puedes practicar gratis y fallar sin consecuencias tantas veces como quieras, de forma que, si te tuvieras que enfrentar a ello en la vida real, el aprendizaje obtenido de esa experiencia te sería relativamente útil, y tanto más útil cuanto mejor sea el modelo del mundo que tu cerebro ha conseguido soñar. Claro que en el caso de un robot lo llamaríamos «simular», probablemente.

El androide se abrazó el pecho con el brazo funcional. Con un movimiento imposible para un humano, hizo lo propio con la pierna. Los extendió con fuerza y los encogió de nuevo, buscando proporcionarle una inercia angular a su cuerpo que le permitiera ponerse de lado. Las piedras resbalaban, y los rotores no consiguieron el impulso exacto hasta el sexto intento. Con dos empujones más, logró sostenerse con el pie y la pierna en el suelo y el cuerpo al aire, ofreciendo al sol del atardecer la silueta de una especie de camello dibujado por Dalí mezclado con un AT-AT de Star Wars. Inclinando espasmódicamente cintura y miembros, empezó a conseguir moverse. Al principio, de forma bastante ruda y con varias caídas implicadas. Al cabo de diez millones de iteraciones, de forma bastante solvente.

En total, habían pasado dos segundos en tiempo real, aunque el androide llevaba varias semanas de tiempo virtual practicando lo que debía hacer. Abandonó el modo de simulación, y se abrazó el pecho con el brazo y pierna funcionales: era imperativo llegar hasta el humano que viajaba con él en el momento del ataque, para poderlo auxiliar.



Este microrrelato participa en la iniciativa Café Hypatia.