15.2.26

Lo que tú quieras

Su nombre es por una estrella. A punto de cumplir los nueve años, tiene nociones básicas de un montón de fenómenos científicos, y cada pequeño hallazgo se convierte en una oportunidad de explicarle (a veces a niveles profundos) cómo funcionan las cosas en la Naturaleza y el Cosmos. De astronomía a paleontología, de informática a geología, de física a matemáticas, de química a psicología, de antropología a sociología, intento que cada parcela de descubrimiento vaya acompañada de una explicación sobre su origen, historia, conocimiento actual y lo que queda por saber. Y, de paso, si procede, en cómo algunos intentan aprovecharse del desconocimiento general sobre esos temas para engañar a la gente, como hace unas semanas enseñándole cómo funciona realmente el color estructural de los «anillos del humor» como el que le regalé, qué es la termocromía, y cómo funciona la luz a nivel atómico para generar esos efectos.

Pero lo más importante que intento siempre enseñarle es que, elija lo que elija hacer de mayor, no tiene absolutamente ningún campo en el que no pudiera ser perfectamente válida.


Este microrrelato participa de la iniciativa Café Hypatia. El título lo ha decidido ella.

26.1.26

Fantasma

Se mueve como una sombra blanca entre la montaña nevada, a una distancia prudencial de los esqueletos de los árboles de hoja caduca, que ahora se alzan como garras cadavéricas intentando arañar un cielo al que parecen haberse olvidado de colorear. Se agazapa a un lado de algo a lo que, con mucha indulgencia, se le podría denominar camino. Allí se queda, dormitando, esperando que el frío no entumezca en exceso sus sistemas.

El ruido del quad que pasa a toda velocidad, apenas consiguiendo mantenerse dentro del camino al rebotar sobre montículos de tierra, barro y nieve de distinta consistencia, lo despierta de su letargo, disparándose al aire en cuanto lo rebasa y, con un zumbido insectoide, se lanza en persecución del mismo.

El zumbido es potente, pero el estruendo del quad lo es más, y su conductor no es consciente de la muerte alada que va recortando distancias hacia él. Quizá en otro tiempo, o en otro lugar, podía haber tenido dispuestas contramedidas (una mochila lanzadora de red, un equipo de emisión de interferencias, un láser suficientemente potente para, si no derribarlo, al menos incapacitar sus sensores lo suficiente como para mantenerlo a raya...). Quizá incluso podrían haber dispuesto equipos de generación de pulsos electromagnéticos a intervalos regulares para intentar freír a ese tipo de dispositivos.

Como fuere, el dron-bomba iba siguiendo las sinuosas ondulaciones del camino contra las que el conductor, ya a solo diez metros, luchaba con maniobras bruscas para continuar su curso. A cinco metros, en un tramo algo más estable, el conductor se puede permitir mirar por los retrovisores y ve con espanto el reflejo del fantasma de la muerte.

No lo piensa: se lanza del quad hacia su derecha, sin mirar siquiera dónde dará con sus huesos.

Tampoco importa: el dron no tarde ni un milisegundo en considerar que, entre el quad y el humano, su objetivo primordial es causar bajas. El último fotograma transmitido muestra el estupor del humano, que incluso en una guerra, esperaba algo más de humanidad, pero de la que encontró era de la otra variante. Nuevas tecnologías, nuevas guerras, nuevas amenazas, pero los muertos seguían siendo los de siempre.


Esta entrada participa de la iniciativa Divagacionistas.