A veces vuelvo a pasear por las inclinadas calles del pueblo de mi infancia. De mi pueblo. El pueblo donde, por las noches, aún puedes ver el rastro de la vía láctea cortando el cielo. El pueblo donde, al amanecer, no escuchas nada. Absolutamente nada. Y cuando empiezas a temer por una posible pérdida de audición, llega desde lo lejos el estridente eco de las golondrinas, que cruzan la calle a toda velocidad. Escuchas a los gorrioncillos que, al otro lado de la ventana, se apoyan en el tendedero para charlar entre ellos.
A veces, decía, vuelvo a pasear por las inclinadas calles del pueblo de mi infancia. Y, de repente, echo a correr con la mínima excusa, calle arriba a toda velocidad. Retrocedo cinco, diez, quince, casi veinte años en mi vida, y me siento de nuevo libre, sin ningún tipo de ataduras. Cuando llego arriba, mi corazón está desbocado; creo que de niño hubiera llegado más rápido y sin problemas, aunque recordando lo eternas que parecían las cuestas, seguro que ahora iba mucho más rápido. Todo ha cambiado de escala. A veces prefiero el ahora, otras prefiero el entonces. Ahora soy mucho más yo, pero entonces podía vivir solo sin sentirme solo. A veces se gana, y otras, se queda subcampeón.
A veces, decía, vuelvo a pasear por las inclinadas calles del pueblo de mi infancia. Y, de repente, echo a correr con la mínima excusa, calle arriba a toda velocidad. Retrocedo cinco, diez, quince, casi veinte años en mi vida, y me siento de nuevo libre, sin ningún tipo de ataduras. Cuando llego arriba, mi corazón está desbocado; creo que de niño hubiera llegado más rápido y sin problemas, aunque recordando lo eternas que parecían las cuestas, seguro que ahora iba mucho más rápido. Todo ha cambiado de escala. A veces prefiero el ahora, otras prefiero el entonces. Ahora soy mucho más yo, pero entonces podía vivir solo sin sentirme solo. A veces se gana, y otras, se queda subcampeón.