26.5.25

I can't hilados.

El sol usaba su último minuto para lamer de naranja el horizonte marítimo. En breve se encendería el faro protector de navegantes y naves errantes cuando la noche nos atrapara. A pesar del vértigo, uno no siempre tenía a mano la posibilidad de unas vistas así, por lo que me atreví a acercarme al borde.

Es curioso cómo, al estar en lugares tan altos y abiertos, una parte de mi cerebro siempre se pregunta por la sensación de lanzarse al vacío. Por suerte, el vértigo gana, y no termino haciendo un Sampedro.

Abajo, veo la marea tragarse las rocas con furia, batida tras batida, como esos pensamientos intrusivos que llegan para no soltarnos, que se instalan y se acomodan al punto que tú terminas siendo el intruso, rumiaciones de las profundidades que apuntan a donde más miedo nos dan las cosas y que, aunque no sean verdad, tienen parte de verdad.

Te cubren mientras intentas mantenerte a flote, apretando los dientes fuerte. No recuerdas siquiera haber caído al acantilado; aunque no llegara bien el aire, aún tenías suficiente oxígeno en sangre para seguir adelante. Sí recuerdas la hipoxia creciente que te va asfixiando, el cansancio que te puede, los tragos acumulativos de salmuera. Que alguien te afee el ruido de tus bocanadas, cuando lo que buscas es que te tienda su mano. La angustia de saber que aún se apartará más después de esa «falta de modales»; un problema del que ves escapar la solución aunque la tengas justo delante, como intentar atrapar pelusillas de chopo pero solo alejarlas con cada corriente generada por las propias manos.

Hay días buenos en el acantilado, calentándote sobre esas rocas con algún rayo furtivo de sol. Pero. indefectiblemente, la marea subirá y echarás la vista arriba a sabiendas de que no tendrás fuerzas para escalarlo a mano desnuda.

Los días muy buenos te llevarás la sorpresa, al levantar la mirada, de encontrarte frailecillos (esa versión voladora de un peluche de pingüino) anidando en alguno de sus recovecos en lo más alto. Fantasearás con que te presten sus alas para dejar de temer al precipicio y empezar a disfrutarlo con ellos desde otra dimensión, para dejar de sentirte solo en la mierda. Con enfocar los oídos podríamos comprobar que no estamos solos en la mierda, claro, pero supongo que siempre estamos solos en la mierda.

El sol se puso. El faro seguía sin encenderse.





Este relato participa en la iniciativa Divagacionistas.

31.3.25

Hallelujah

La puerta de la casa de Rubén se entreabrió perezosamente, mientras él guardaba las llaves en el bolsillo con idéntico humor. Con el ascensor estropeado desde hacía una semana, subir aquellos siete pisos eran una tortura diaria.

Entró en el pequeño y tétrico apartamento, más oscuro que de costumbre por la mezcla de la escasa iluminación exterior y lo plomizo de un cielo abigarrado de nubes de lluvia, que empezaban a descargar entre ocasionales rayos.

Del pasillo de la entrada llegó en tres pasos al comedor, algo más iluminado por un pequeño balcón que daba a la calle, pero tampoco mucho más. El día, ya casi noche, se mostraba tan tenebroso como sus pensamientos. Era su cumpleaños, y no le había importado a nadie. No lo había recordado ni su pareja, ni sus padres, ni a sus allegados del trabajo. Estaba pasando una muy mala etapa y aquello era el clavo definitivo en su ataúd mental.

Por acto reflejo, puso la radio, donde empezaba a sonar un tema de Geri Halliwell. No creía en las señales, pero ese día iba a hacer una excepción. No quiso ni pensarlo: abrió el balcón, y saltó.

En la habitación, todos aguardarían aún unos minutos, parapetados tras la cama con sus gorros y matasuegras, sin atreverse a salir a ver por qué Rubén tardaba tanto.

Esta entrada participa en la iniciativa Divagacionistas.